domingo, 7 de mayo de 2017

EL GRITO DE GUERRA: ¡MATERNIDAD O TRABAJO!



A mí lo que me pasa con todo este debate materno-reproductivo es que soy muy partidaria de todo.
Soy pro métodos anticonceptivos, por supuesto.
Pro familia numerosa y pro hijos únicos.
Pro clínicas de fertilidad y pro clínicas abortivas.
Pro maternidad subrogada.
Pro adopción.
Pro familia monoparental, homosexual o heterosexual.
Y pro no-maternidad.

En materia de óvulos, cada mujer que haga con los suyos lo que le dé la gana. ¡Faltaría más, con lo que nos ha costado llegar ahí! Todas las opciones me parecen válidas. Y creo que en nuestra sociedad occidental tenemos la suerte de poder elegir. O tenemos más bien ese derecho reconocido.
El problema llega después, cuando a las mujeres que tachan la casilla de la maternidad se dan cuenta de que ya no hay más casillas: la de carrera laboral ha desaparecido de su papeleta.

¡Maternidad o trabajo!
Es una especie de grito de guerra, que, como diría Gloria Fuertes, aterra.

Ahí está el machismo en nuestra sociedad.  Por eso no entiendo muy bien a esas feministas que van a protestar a un congreso de maternidad subrogada. Que vayan a protestar al ministerio de Trabajo o a las empresas que echan a las madres a la vuelta de las bajas de maternidad. Que vayan a protestar a un consejo de administración. Que vayan a protestar a los sindicatos. Que protesten contra el machismo silencioso.

Eso es: machismo silencioso.

En mi entorno -clase media urbana y rural, mujeres con títulos universitarios, que llevan años trabajando- el virus del machismo silencioso ha hecho estragos: las escucho en el parque infantil o a la salida del colegio, se habla en voz baja, “después de la baja, me putean sin parar”, “me han cambiado de puesto, ahora no hago más que tareas menores, ¡y yo era creativa!”, “me quieren echar”, “me han echado”. Es un mal irremediable y no tiene cura. Y veo a todas esas mujeres válidas y resignadas. Cuidan a sus niños y echan currículos. Trabajan gratis en proyectos altruistas y cuidan a sus niños. Se implican en la asociación de padres, hacen trabajos mal pagados de freelance, y cuidan a sus niños.
¿Dónde está esas feministas vociferantes?

Protestando contra los óvulos.

viernes, 28 de abril de 2017

MISOGINIA EN LAS MUJERES



(gracias Miguel Ángel Martín por la imagen)

Pensaban: ser mujer no puede influir en tu trabajo.
Decían: ser madre no puede afectar a tu trabajo. Ser madre no es lo más importante, no es lo que te define, no es siquiera una ocupación de final de jornada.
Se escuchaba en ese despacho, paneles de cristal, y fuera, mesas en fila con mujeres jóvenes. En esa oficina, noventa y cinco por ciento mujeres (jóvenes y peligrosas: en edad de procrear).
-Tienen que organizarse. Nosotras nos organizamos, lo hacemos. No hay que ser... ya sabes, blandas.
No hay que ser blandas.
-Todas hemos pasado antes por esto. Embarazos, bajas de maternidad, crianza. Y nos hemos apañado. Siempre te las apañas. Que no vengan ahora con cuentos.
¡Jornada reducida!
¡Horarios razonables!
¡Reuniones de padres en el colegio!
No, no, ese no es el camino. Aquí todo el mundo trabaja hasta el final, hasta el final de sus fuerzas. Eso es la igualdad.

Una planta llena de mesas, una oficina diáfana, redacción femenina. Reuniones a las siete de la tarde, viajes imprevistos, escribir el fin de semana, todas lo hacemos, hasta las jefas, es lo que toca, no me mires así, si nosotras lo hemos hecho, tú puedes, tú puedes, tú debes, tú tienes que, nos las apañamos, cuando veo esas madres del colegio llegando a las cinco a recoger a sus hijos, ¡a las cinco!, como si no hubiera nada que hacer (risas), nosotras no somos así,
piensas:
no, vosotras enviáis a vuestras cuidadoras a recoger a vuestros hijos,
tú también lo haces, sí, qué remedio, mujeres extranjeras o mujeres con aspecto de estar un poco perdidas y nerviosas, no se vaya a escapar el hijo de otra, mujeres que recogen a los hijos de otras, no queda más remedio, no pasa nada, tú lo haces, te parece razonable, te parece que no queda más remedio, pero ese tonillo:
No hay que ser blandas.

Misoginia en las mujeres.

Esa, con sus hijos siempre enfermos.
Esa, con sus ganas de salir pronto a por los niños.
Esa, con su baja de maternidad, y además, las vacaciones.
Esa, con su jornada reducida.
(Por otro lado te preguntas: y ellos, ¿no llevan a sus hijos al médico, no salen antes, no piden jornadas reducidas? Te preguntas: ¿por qué por la mañana hay mayoría de padres llevando a sus hijos y por la tarde solo mujeres recogiéndolos?).
Y por Dios, este texto, tiene que ser más, ya sabes, como si lo firmara un hombre.
No me vengas con cuentos feministas, eso es solo una excusa.
(Te preguntas: una excusa ¿para qué?)
No me vengas con temas de género.
No me vengas con feminismo, con cuotas. ¡Cuotas! En lo más alto están las que se lo merecen, punto.
No me vengas.
Misoginia en las mujeres.







jueves, 9 de febrero de 2017

TEORÍA DE LA RELATIVIDAD (MATERNAL)


Hago en una semana tres entrevistas distintas. Un escultor que inaugura exposición, una pianista que saca disco y una mujer, de esas que llaman socialité, es decir, señora bien que sin ser actriz ni escritora ni tener una profesión definida sale de vez en cuando en las revistas. Entre medias, Martín se pone enfermo. O sea, que después de pasarme horas en un estudio helado a las afueras de Madrid; de un sorpresivo e increíble recital con un piano de cola Steinway; y de una casa decorada con gusto exquisito (por los siglos pretéritos) con antigüedades, terciopelos y bustos romanos, en mi pisito del Rastro me espera el Apiretal y los mocos. ¿Y qué pasa?

Nada. 

Que te haces flexible. Que con un lóbulo de tu cerebro eres capaz de pensar en cómo arrancaré el reportaje, y con el otro calculas a ver si le baja la fiebre, tendré que llevarlo al pediatra, pongamos un humidificador en su dormitorio, y el Ventolín, qué hago, ¿le aplico Ventolín?


Está claro que el trabajo no es incompatible con la maternidad. Ni con la paternidad, claro. De hecho pienso que las madres y los padres serían más felices si ambos trabajaran. Y viceversa. Los hijos son más felices si sus padres trabajan, si no están todo el día encima de ellos, si no se convierten en eso que ha dado en llamarse “madres helicóptero". 

Los niños deben tener cierto espacio para entretenerse solos, una dosis mínima de libertad fuera del alcance de sus padres. Y por otro lado, un hijo relativiza la importancia que le concedes a una discusión en la oficina, a una bronca de tu jefe o a que un tema profesional no haya salido como imaginabas. Luego llegas a casa y hay un universo entero ahí dentro a quien le importa un bledo lo que ocurra en tu trabajo. Estoy hablando de una familia, sea monoparental, de hijo único, numerosa o como queramos. La familia relativiza todo. 
Y el trabajo también. 
Se complementan. Se neutralizan. Cuando sales de la oficina estás deseando llegar a casa y olvidarte del compañero pesado que lleva toda la tarde incordiando. Pero el lunes, después del fin de semana, estás deseando mandar a tu hijo al colegio y que te deje un poco en paz y concentrarte en esas cosas de adultos. 

Solo espero que ni lo uno ni lo otro, ni poder formar un familia ni tener un puesto de trabajo, acaben convirtiéndose en un lujo en España...  

miércoles, 9 de noviembre de 2016

MADRID PROLETARIAT STADT



Sales del metro y te encuentras en otro planeta, y eso que es un barrio relativamente céntrico. Bloques y bloques de pisos de cuatro alturas, todos idénticos, pintados de color sucio, calles estrechas atestadas de coches, de vez en cuando alguna acacia mustia rodeada de basura, apenas hay tiendas y las que hay tienen las lunas sucias. Una peluquería, una tapicería, un taller. Las aceras están desiertas, pero la ropa tendida flota al viento delante de todas las ventanas. Preguntamos en un bar por una calle con nombre de virgen. El tipo que nos contesta está medio desdentado, tiene las uñas rotas. Detrás del Lidl, dice. Subimos por un callejón maloliente con las baldosas rotas. Aquí arriba continúa el mismo patrón constructivo, pero las viviendas se levantan entre parterres resecos según un plano que parece absolutamente caprichoso. En perpendicular, en horizontal, orientadas al norte y al sur, al este y al oeste. Los números tampoco siguen ningún orden lógico. Parece imposible encontrar el portal. Además, sobre los hierbajos se amontonan los coches obstruyendo el paso.
Paramos a una anciana con un carrito.
“Cuando llegué del pueblo en los años 60, las casas no tenían ni números. Una prima mía vivía dos calles más allá y siempre me perdía cuando iba a verla”.
¿Es un barrio tranquilo?, inquiere mi amiga, que está buscando un piso económico.
“A ver, yo crié aquí a mis cuatro hijos sin problema. Aunque ahora hay muchos extranjeros. Pero si pagan la renta y no molestan...”.
El apartamento que visitamos tiene techos bajos, un patio oscuro y tres dormitorios en 50 metros. Los tabiques parecen de pladur. Salimos de allí enseguida con sensación de claustrofobia.

La siguiente parada es en otro distrito. El barrio es más céntrico y las casas más variadas. Pero también de pésima calidad. Esta vez el piso es de 45 metros cuadrados, con salón, cocina, dos dormitorios, baño y balcón. Está atestado de objetos y de personas. Tres ancianos y un joven. Hay fotos de bodas, bautizos y comuniones por todas partes. Como altarcillos. Los muebles se amontonan unos junto a otros, las personas también. Una vieja en una butaca junto a una camilla junto a un viejo junto a la tele. Y cuando digo junto, quiero decir junto. El chico nos dice que el piso tiene muchas posibilidades.
“Yo hacía los deberes en el balcón. Este es un barrio obrero. De los años 60. Tranquilo”.

Pienso cómo debió de ser esa emigración brutal de los 60, cuando el campo se despobló y sus gentes se fueron a Madrid a vivir en cuchitriles.
Pienso qué arquitectos diseñaron esos bloques infames. Esas calles retorcidas. Esos pisos en los que sabían que alojarían a familias numerosas en menos de cincuenta metros. Madrid está construida sobre el sudor de muchos labradores. Se lo digo a mi amiga y me contesta que va a buscar un piso moderno en las afueras. Construido sobre el sudor de alguna hipoteca.