jueves, 27 de junio de 2013

DE NARICES Y DE CATAS



Me apunto a un exquisito curso de cata de vinos. Viernes tarde, jardín interior lleno de antigüedades y cestas de flores de aire muy provenzar en el barrio de Salamanca. Somos doce en torno a una mesa alargada, cada uno con su cuaderno, su lápiz, su librito con indicaciones, un vaso para el agua, otro para escupir el vino y cuatro copas numeradas.
Yo entiendo de vinos solo lo suficiente para distinguir un rioja de un ribera o un prieto picudo (leonés dotierradeleon.es) de un mencía (también leonés vinosdelbierzo.com). Pero estoy absolutamente convencida de que tengo un olfato increíble y un sentido del gusto de fábula. Error: a medida que avanzamos en la cata y probamos doce clases distintas de blancos, el orgullo por la eficacia de mi nariz va decayendo.
¿Qué olores detectáis en la copa?, pregunta el experto.
¡Frutal, herbáceo!, grito.
Me mira con impaciencia, no, más allá, tienes que ir detrás.
¿Ir detrás? ¿Detrás de qué?, me pregunto.
Y entonces alguien se atreve: a gominola blanca, a petróleo, a plástico.
El experto desvela que es un Riesling. Un vino alemán (como el experto, porque ya sabemos que todos los expertos son alemanes).
De ahí los aromas industriales, digo, aunque nadie le encuentra la gracia.

Cuando llega la siguiente tanda, el experto quiere que nos centremos en el aspecto táctil. Pienso que habrá que meter los dedos en la copa, como si no fuera suficientemente desagradable estar escupiendo el vino a cada trago (mi vecino de la derecha hace unos ruidos inenarrables). Pero no, se refiere a cómo sientes el vino en la boca: ¿es redondo, es lineal? ¿es un cohete? (es Superman, pienso con regocijo y me doy cuenta de que, en vez de escupir el vino, me lo estoy tragando, lo cual puede acarrear funestas consecuencias para mi sentido de la percepción).
Una señora oronda y enjoyada dice: lineal.
Bravo, ha acertado, es un Sauvignon Blanc, seco, ácido y aromático.

En la tercera tanda, mi nariz y mi lengua están ya atrofiadas, aunque el experto afirma con convencimiento que se van “educando”. Cuando me pregunta directamente por los olores terciarios (eh, pienso, que no hemos pasado por los primarios y secundarios), me lanzo: se detecta ahí en el fondo, por detrás, un aroma a detergente Fairy.
Se hace un silencio sepulcral. Se oyen carraspeos. El experto ni se inmuta.
Puede ser, dice dubitativo, es un Sierra de Gredos de tetrabrick a 0,80 cts el litro.

Luego viene una parrafada sobre que la calidad de los blancos españoles no se puede comparar con la de los franceses o alemanes, porque la uva blanca necesita climas fríos, etc, etc, pero a mí ya todo me da igual: he descubierto que tengo un olfato infalible para los vinos malos y me doy por satisfecha.



miércoles, 19 de junio de 2013

EL SILENCIO DE MIS VECINOS ME DA PAVOR


Mis vecinos apenas hacían ruido dentro de casa. Solo cuando madre e hija discutían, siempre en verano y con las ventanas abiertas. O aquella vez que el hermano de la madre, recién salido de la cárcel, quiso tirar abajo la puerta con una señal de tráfico, llegó la policía, subió los tres pisos por las escaleras (de madera) y los bajó llevándolo a rastras (escalón a escalón).

Fuera del hogar era otra cosa. A veces la hija le gritaba todo tipo de insultos a su madre por la calle porque se le escapaba el perro. Otra vez me las crucé en la peluquería y se hablaban a voces de secador a secador. Me las crucé en el supermercado: una tiraba del carrito y la otra vigilaba escudriñando (algo) nerviosamente a su alrededor. Me las crucé en el zapatero y, mientras esperaba a que les cambiaran unos pilis, cada una miraba hacia un lado sin hablarse. Me las cruzaba en el portal y miraban de frente, sin hablarme.
Solo recuerdo una vez que se dirigieran a mí: cuando instalé el aire acondicionado. La madre me susurró con su cara pálida pegada a la mía y en tono acusatorio:
-¡Has puesto aire acondicionado!
Su pelo rubio oxigenado se electrificó de pronto y recuerdo que pensé: eso es espeluznarse, literalmente. Le dije que sí muy educadamente.
-¿Para ti sola?- inquirió con una mirada de desconfianza.
Le dije que sí muy educadamente (ese es mi  problema: me educaron para ser educada).
Respondió con aire conspirador: 
-Es muy caro, muy caro, solo hay que ponerlo unas horas al día.
Y se dio la vuelta y salió a la calle. Su hija cerró de un portazo. Las vi a través del cristal: una señora con ojos de estar en otro mundo junto a una veinteañera peleona, el cabello recogido con una pinza, leggins y un perrito despeluchado.  

Pero aparte de eso y de los ladridos del perrito despeluchado, tranquilidad dentro de casa.

Hasta ahora. El hijo ha aparecido de repente con su joven esposa y un bebé. El bebé llora desconsoladamente por las noches. El hijo discute con su madre. El perro ladra. El hijo discute son su joven esposa. El perro ladra. El bebé llora. El hijo ladra. El perro llora. La madre discute con el perro. La esposa llora. El perro regaña al bebé. La hermana entra y sale dando portazos. La hermana chilla.
Y una tarde, el hijo suspira hondo y su mujer también (más bien gimen). El bebé calla, la madre calla, el perro calla, la hermana calla.
No sé qué es peor: ay, ese silencio.

viernes, 14 de junio de 2013

DE QUÉ HABLAN LAS MUJERES CUANDO ESTÁN SOLAS


Me arrastran a regañadientes a una cena que resulta tan aburrida como había intuido. Pero ya en el aperitivo empiezan a llegarme retazos de la conversación de la mesa de al lado. Es un grupo de chicas, llevan camisas de mariposas, bolsos en colores absurdos, minifaldas y larguísimas melenas oscuras. Calculo que tendrán entre treinta y cinco y cuarenta. Parecen amigas. Se ponen al día, hablan brevemente de su trabajo, luego de la crisis del periodismo, después, por el segundo plato, de fenómenos paranormales, es decir, espíritus y ovnis, y con el postre, de tetas.

(Tetas, dicen. Nada de pecho, senos, mamas o busto. No: tetas).

Los temas surgen más o menos por ese orden. Una cosa lleva a la otra. Todo muy bien razonado y con mucha emoción. Cada vez más emoción. Naturalmente el último tema es el más emocionante. Llegan al paroxismo cuando comparan sus experiencias mutuas. ¿A qué edad te afloraron (las tetas)? A qué edad te pusiste tu primer sujetador. A qué edad las escondías y a qué edad empezaste a exhibirlas. O si alguna vez las ha exhibido. Eso también. Hay un discurso sociológico y antropológico detrás. En función de la edad a la que te hiciste mujer (horrible expresión) y de la reacción de tu familia: las diferencias entre usar un sostén prácticamente invisible, pero de un repugnante color carne, y la decisión de usar uno más sexy, más consciente de su poder erótico. Y entonces se lanzan al barro. Una dice (y veo por el rabillo del ojo cómo se masajea el pecho): 
-Esto que veis aquí, lo tengo desde los diez años. Mi madre me decía: Ay, hija, adónde vas con ese pecho, no se te ocurra ponerte biquini. Así que yo andaba medio encogida.
Otra dice (sacando pecho, nunca mejor dicho):
-Yo, como siempre tuve complejo de plana, también las escondía.
Y otra:
-En mi colegio había una que le llegaban hasta el ombligo, la llamábamos la Snoopys porque tenían la forma del morro de Snoopy.

Aquí las sonoras carcajadas motivan que en nuestra mesa algunas cabezas se vuelven hacia ellas con curiosidad. De qué hablarán esas, dice alguien. Yo me hago la longuis. Total, en mi mesa ya he perdido definitivamente el hilo. Lo que quiero es averiguar en qué acabará la conversación de mis vecinas. Y ellas piden otra botella de vino y el tono se va elevando.
-De todas formas también hay a quienes les gustan más los culos- afirma una.
-Sí, las tetas en según qué ambientes estén sobrevaloradas. Donde esté un buen culo...
-Yo siempre tuve claro que lo mío era el culo, así que ponía énfasis en los pantalones ajustados.

Aquí viene una encendida discusión en torno a culos contra tetas. Pero me quedo sin saber el final porque en mi mesa deciden que es hora de levantarse. Al pasar a su lado echo un vistazo a las chicas y compruebo que tienen cara de estar pasándoselo en grande. Y en ningún momento ha surgido en la conversación la palabra que subyace detrás de todo el asunto: hombres.

O quizá no. Quizá muchas mujeres cuando están solas jamás hablan de hombres

martes, 11 de junio de 2013

AMAZONAS Y ESCOBAZOS



Voy al cóctel de inauguración de una exposición en una galería madrileña. Me encuentro gente muy peripuesta, algunos bohemios y parejas de la alta sociedad. Charlo con una periodista cultural, tendrá unos cuarenta años, es la esposa del consejero delegado de una gran empresa, y viste una falda y un bustier escotado que parecen sacados de un espectáculo del Mouline Rouge. Hablamos de libros, de esto y lo otro, y de pronto me cuenta que quiere convencer a su marido para que se apunte a clase de un tipo muy especial de defensa personal. Es una técnica oriental en la que se lucha con espadas. “Primero de goma, luego de verdad”, dice rematándolo con una sonrisa implacable. 
El marido, ese hombre tan poderoso que la mira con arrobo, tiembla imperceptiblemente. “No sé si es lo mío”, musita. 
Ella responde: “La violencia es un lenguaje que no requiere explicación”. 
Qué gran frase. Naturalmente, ante eso no cabe réplica y el esposo baja la cabeza como un corderito.

Entonces pienso en todos esos hombres a los que sus mujeres atizan. Mi abuelo Aquilino contaba a menudo la historia de una matrimonio de labradores de su pueblo: a él le gustaba demasiado el vino y cuando llegaba a casa por la noche, la esposa lo recibía a escobazos. “¿Otra vez te pegó la mujer?”, le preguntaban los vecinos al día siguiente cuando veían los moratones o el ojo a la birulé.

Hago una encuesta entre amigos y compañeros. Y sorprendentemente descubro que a muchos les gusta tener una pareja dominante. Quizá sea una especie de mito sexual. La dominatrix, la hembra poderosa, la amazona mitológica que trataba a los hombres como esclavos. Y sin embargo, ahora mismo triunfa en todo el mundo occidental un bestseller erótico, la Trilogía de Grey  -escrito por una mujer, ojo-, en el que es el hombre quien domina, quien humilla. La editora que publica el libro me cuenta asombrada que el día de la presentación en Barcelona, en las primeras filas de la sala solo había mujeres elegantes, de clase media alta, con título universitario y un buen puesto de trabajo. Entonces ¿en qué quedamos?
Quién domina, ¿el hombre o la mujer? ¿quién zurra a quién?
O quizá la pregunta sea: ¿a quién le gusta que le zurren?


domingo, 9 de junio de 2013

PARADOJAS DE LA FERIA DE (VANIDADES) DEL LIBRO

Ayer estuve en la feria del libro de Madrid firmando ejemplares de Sendero de Frío y Amor. En mi caseta, la de Santillana, había un señor de humor socarrón que lleva toda la vida vendiendo libros. Ahora está jubilado, pero aún así, le encanta pasarse la feria detrás del mostrador. En sus tiempos fue delegado.
¿Delegado de qué?, pregunto.
"Delegados son los que se acercan a las librerías a convencer a los libreros de que encargan este o el otro libro", me contestó y continuó: "A veces me decían, quiero dos de este. Y yo: pues, lo siento, pero te tocan 20. Así es, hay que metérselos por los ojos al librero. Total, que más le da, si al final los que no venda los puede devolver. Claro que hay libreros tontos que no saben ni lo que venden. Y luego está toda esa gente que firma libros, la madre de Jesulín, el otro que sale por la tele... ¡vergüenza debería darles! Pero si no saben ni hablar con propiedad, cómo van a saber escribir".
Bueno, digo yo, entiendo que en las editoriales tiene que haber de todo, y esos precisamente les hacen ganar dinero.
Me mira cada vez más encendido:
-Pues no, esos no son libros, son otra cosa.

Y yo pienso que tiene razón, que quizá deberíamos inventarnos dos categorías: libros y no-libros. Libros son aquellos que requieren un cierto esfuerzo intelectual y poseen un cierto estilo personal, obras que tienen vocación de perdurar en la historia.
No-libros son los que pareciendo libros, son en realidad un producto de consumo diseñado por ordenador para no-lectores.

Eso me lleva a la cuestión de los lectores y los no-lectores. Y aquí ya me estoy poniendo demasiado elitista. Porque claro, si mi libro-libro (eso creo, que mi novela es un libro) lo compraran no solo lectores si no cientos o miles de no-lectores, ¿me parecería igual de mal?
Pues no.
Así que eso. Paradojas de la feria (de vanidades) del libro.

sábado, 8 de junio de 2013


LOS SAUCES (O PINOS)  QUE NO HE VISTO

Una vez escuché una historia que siempre me ha intrigado. El protagonista es el jefe de una solitaria estación entre La Bañeza y Astorga, y la historia transcurre a finales los años 50. El jefe de estación se sentaba muchas tardes a charlar con un caballero muy educado a quien le gustaba dar largos paseos por el campo. El jefe de estación estaba fascinado con la cultura del caballero, con su encanto. El caballero poseía una hermosa casa de campo en medio del monte y otra mansión en Astorga con un jardín y una fuente. Al jefe de estación le intrigaba su contertulio. Decían que tenía mucho dinero, tres hijos y una esposa muy bella venida de fuera. Las agradables conversaciones prosiguieron durante meses hasta que un día el caballero lo invitó a conocer su casa. Desde ese día, el jefe de estación no volvió a charlar con él.

Siempre me he preguntado qué vio exactamente en esa casa.

La única explicación que daba era que, frente a su familia, el caballero pareció transformarse en un déspota arrogante y violento. El caballero era el poeta Leopoldo Panero, y su nombre viene a cuento porque en agosto se cumplen 50 años de su muerte. De la casa en el monte, que estaba en Castrillo de las Piedras, no queda, valga la aliteración, ni una piedra. Y la de Astorga, la de la fuente, acaba de ser restaurada. En cuanto al jefe de estación, ya murió, pero su historia se me quedó grabada. Me hace pensar en hombres que tienen dos rostros, hombres que enamoran a los extraños y maltratan a los más cercanos; próceres de la patria, mezquinos en sus hogares. Quizá por eso nunca me han gustado los poemas del padre, llenos de ruido y palabras pomposas. Y siempre he admirado los del hijo, ése al que tildan de loco, Leopoldo María, descarnadamente sinceros. ¿Qué hay más sincero que estos versos:
 “Te ofrezco en mi mano/ los sauces que no he visto”?