Sobre lo que ha pasado y
está pasando en Grecia puedo decir dos cosas y las dos con ciertas: conozco a
los alemanes y conozco a los griegos. Viví años con un alemán, viví años en
Alemania; viví años con un griego y viajé a menudo a esa zona del Mediterráneo.
Ahora viene la historia: los
bancos alemanes prestaron dinero a los griegos para construir un país olímpico
y las empresas alemanas construyeron ese país con maquinaria alemana, o sea, el
dinero de los bancos alemanes fue a parar a las empresas alemanas.
Entre medias, corrupción,
corrupción (sobres de dinero que iban a parar a los políticos de los partidos
de siempre) e intereses, unos intereses que iban creciendo exponencialmente,
brutalmente, monstruosamente hasta que...
...todo se hundió y los
bancos alemanes exigieron sus pagos. Y la UE, y el BCE, y los hombres de negro
aterrizaron sobre el Partenón para castigar a un pueblo como la maldición en
una tragedia griega.
Puedo decir dos cosas y las
dos son ciertas: me gustan los alemanes y me gustan los griegos. Entiendo la
postura alemana y la griega.
Entiendo el trabajo
intensivo, la disciplina, la honestidad, los horarios cumplidos y el pastel de
ruibarbo (este último, me cuesta).
Entiendo el trabajo
extensivo, la impuntualidad, la berenjena rellena, el sol agosteño que cae de plano y las ganas de defraudar
a Hacienda.
Las óperas subvencionadas a
precios populares y los teatros subversivos.
Los teatros subversivos en
las ruinas griegas y los bailes populares en las cubiertas de los ferries.
Los cafés silenciosos en las
tardes de invierno y las conversaciones profundas.
Las barbacoas de pulpo al
atardecer y las conversaciones profundas.
Y también: Angela Merkel no
representa a todos los alemanes.
Y la victoria de Alexis
Tsipras no es el fin de Europa.
Y también: un país tiene
derecho a elegir el gobierno que quiera.
Mis amigos griegos se han
echado a las calles. “Por lo menos hoy muchos hombres y mujeres tendrán
importancia en la construcción del día a día de un país”, me escriben por
whatsapp.
Puedo decir dos cosas y las
dos son ciertas: a veces, las diferencias culturales entre norte y sur son irreconciliables.
Sentimentalmente hablando.
Económicamente hablando.
Políticamente hablando.