lunes, 7 de abril de 2014

HOY VI A UN HOMBRE MUERTO


Hoy vi a un hombre muerto. Camino del trabajo lo vi.

Salí de casa como siempre a las 8:30, subí la cuesta de mi calle, me crucé con el grupo de Testigos de Jehová que vienen o van –nunca lo he sabido- al culto.  Ellas llevan melena con horquillas, faldas por debajo de la rodilla y medias color carne; ellos pantalones de pinzas y cazadoras de alguna fibra sintética. Hablan de sus cosas, a saber: versículos de la Biblia, y cuánto costaría un local más grande para el culto, hay que ver lo que han subido los alquileres en el barrio. Van tapando la acera. Hablan alto, lanzan risitas.
Los adelanté.
En lo alto de la cuesta está la plaza de Cascorro. Allí todas las mañanas se reúnen varios perros de distintos tamaños y edades y razas con sus dueños respectivos. También de distintos tamaños y edades, pero la misma raza, eso sí: pura raza española.
Los adelanté.
Pasé por debajo de un andamio, por delante de 20 bares, tres barrenderos, un ejército de padres –hombres, quiero decir- con sus  hijos de camino el cole –se ve que depositar al polluelo sano y salvo en su nido es cosa de hombres-.
Los adelanté.

Y entonces, frente a un cajero, vi a un hombre echado en el suelo. Bueno, en mi barrio cada vez hay más hombres echados en el suelo, que duermen en el suelo –hombres, casi siempre hombres, se ve que las mujeres tienen siempre a  mano alguna cama-, así que no me inquietó mucho.
Me inquietó ligeramente.
Pero mientras me acercaba me iba inquietando más. El hombre tenía la camisa abierta, no estaba envuelto en ninguna manta como esos vagabundos que se refugian en los cajeros. Me iba inquietando más. El hombre tenía los brazos estirados en forma de cruz. Las piernas separadas. Los ojos semiabiertos. Me inquietaba más y más. Y de pronto: frenazos, coches de policía y media docena de uniformes.
Pensé: joder, esta muerto.
Pensé: ahora cambio de acera. No quiero molestar ni parecer una cotilla morbosa, qué van a pensar los policías. Qué voy a pensar yo misma de mí misma.
Pensé: no, no voy a cambiar de acera, un hombre muerto y solo, ¿no se merece que alguien lo mire y lo despida y piense, pobre hombre muerto y solo?
Lo miré al pasar. El pelo abundante y canoso, la barba larga y canosa, el pecho desnudo, un pecho de hombre no muy mayor.

Sobre todo el pecho desnudo. De hombre no muy mayor.

Los policías daban vueltas sin saber qué hacer. El desfibrilador en el suelo, junto al hombre.
Pensé: qué historia terrible habrás dejado detrás.

Pensé: seas quien seas, descansa en paz.

domingo, 30 de marzo de 2014

CREDO DEL SANTO GRIAL


Era la más alta de la clase y la que tenía la melena más larga (y pelirroja).
El primer día del instituto se acercó a mí y me soltó, con un desparpajo poco habitual en el pueblo, que a sus abuelos y los míos los unía una profunda amistad. ¿Profunda amistad? ¿Qué abuelos? Todos, dijo con aplomo y me narró una grandiosa historia de amistades y relaciones a través del tiempo y las peripecias de la vida (siempre tuve dudas de que fuera cierta). A mí, pobre rapacina de pueblo y preadolescente, nunca se me había acercado nadie a hablarme así y me quedé fascinada. A partir de ahí nos sentamos juntas.

Había vivido fuera del pueblo y nadie la conocía. Exhibía un aura de adulta y una voz profunda que lo mismo entonaba canciones de la guerra civil que susurraba cuentos de los muertos enterrados en las ruinas de un antiguo convento. Vestía camisas blancas de hombre y sujetadores negros; estaba claro que no le interesaba ni la moda ni los chicos. Nos pasábamos las tardes en la biblioteca husmeando en libros antiguos y en números atrasados del periódico del pueblo. Tenía un montón de teorías sobre cualquier hecho histórico que esgrimía con verborrea infatigable, trabó amistad con los viejos cronistas del pueblo y veía restos de calzadas romanas por doquier. 
Pero lo que desataba su pasión eran las historias medievales, las novelas de caballería en castellano antiguo y las sagas de Sir Walter Scott. A mí no me costaba nada seguirla, la verdad, me sacaba la vena fantasiosa y las calles invernales recorridas por el implacable viento del noroeste se transformaban en fortines medievales, campamentos romanos o trincheras de la guerra de la Independencia.
(Ahora que lo pienso: éramos una pandilla bastante friky).

Luego el tiempo nos separó. Murieron los abuelos, todos, los míos y los suyos. Ella se cortó el pelo y yo me dejé melena.

Y ahora mi compañera de pupitre, Margarita Torres, ha descubierto el Santo Grial. Exactamente. Eso.

Así dicho, suena increíble. (Pero qué es la historia y la arqueología, sino una creación a medias entre el intelecto y la imaginación). Es el cáliz de doña Urraca.

El nombre de doña Urraca, la verdad, también suena bastante increíble, pero ateniéndonos a los hechos fue reina de León y Castilla (1109-1116) y madre del emperador de León Alfonso VII, el que convocó las primeras cortes de España en 1118 (dato que no puedo dejar de reseñar: se me ve la veta del terruño).

Vuelvo al cáliz: dos piezas de ónice engarzadas en oro. Lo he visto mil veces, cada amigo que llegaba y llega a León es conducido, en un especie de peregrinación familiar forzosa y concesión a la susodicha veta terruñera, a la colegiata románica de San Isidoro, y en el museo debía y debe dejarse asombrar por los llamados “tesoros” como el cáliz de doña Urraca (y si no finge el asombro necesario le cae una mirada entre el desprecio y la desilusión que lo deja tieso).

Se decía que era de origen romano. Y todo el mundo lo admiraba con reverencia. Esa factura primitiva, las filigranas, las gemas engarzadas, perlas, esmeraldas y zafiros. Ahora que lo pienso parecía salido del Señor de los Anillos o de Juego de Tronos: pero no, era, es real.
La cosa empezó así: había un abad en San Isidoro, Viñayo se llamaba, una especie de hombre renacentista, que fue el primero que en los años 70 susurró la posibilidad del Santo Grial. Luego, el carbono 14 ha probado que el cáliz es de la época de Cristo. Y de la a a la zeta, hay un camino que mi compañera de pupitre ha recorrido como un meteorito en varios años de estudios exhaustivos.

¿Y por qué no?

Si creemos en la existencia de Cristo, ¿por qué no vamos a creer en Lignum Crucis, en la Sábana Santa o en el cáliz de la Última Cena?
Si los siete sabios de Cataluña afirman que Colón y Cervantes eran catalanes y los del País Vasco, que solo es vascongado quien tenga Rh negativo, ¿por qué los leoneses no vamos a guardar el Santo Grial?
Leyendas para todos (Suárez lo hubiera aprobado).

  

viernes, 14 de febrero de 2014

NO ES GRANJERO, EL RAPAZ


Llevo unas semanas instruyendo a Martín en el conocimiento de los animales domésticos, materia que considero imprescindible para su (sano) desarrollo intelectual.
Las clases siguen un esquema prefijado inventado por mí.
Le muestro una página de un libro de fotos de animales y pregunto:

-Mira, Martín, ¿qué esto?, la VAACAAA, ¿cómo hace la VACA? La VACA hace MUUUU.

Luego viene la OVEJA y su BEEEE, el pato y el CUÁ CUÁ, etc, etc. Domino la materia y mi capacidad para reproducir sonidos del mundo animal no es despreciable (la ejercité duramente en mi infancia con brillantes resultados: soy capaz de imitar el balido lastimero de un cordero y hacer que todas las ovejas el rebaño se detengan, levanten la cabeza y se acerquen a mí con los ojos arrasados de amor ovino).
(*Aunque, hay que recocer que nunca le he sacado ninguna utilidad práctica a esa capacidad).

Hoy por fin hemos pasado a la fase B: le he puesto un vídeo de youtube con los animales en movimiento y sus sonidos correspondientes. Primero lo ha contemplado absolutamente anonadado (se metió en la boca la mano derecha entera y luego la izquierda, lo cual es, en su caso, un índice claro de su grado de asombro); después, con el burro y sus rebuznos empezó a acunarse de adelante hacia atrás; con la cabra frunció el ceño; con la oveja hizo pucheros y cuando llegamos al cerdo y sus gruñidos se echó a llorar desconsoladamente y vino gateando hacia mí.

Tuve que apagar la tele. Lo cual lo desconcertó aún más. Miraba la pantalla (fundido a negro) y me miraba a mí alternativamente sin dejar de producir hipidos. ¿Qué pasaba por su mente?
Empecé a pensar que en realidad para un niño de ciudad, el campo, los animales y sus ruidos le deben de parecer terroríficos.
¿Qué puede dar más miedo que un cerdo de 200 kilos resoplando y emitiendo extraños gruñidos con el hocico pegado al suelo y los ojillos huidizos hundidos en la carne rosada?
¿Y las vacas que pastan chapoteando en el barro y el estiércol y agachan la cabeza y los cuernos cuando huelen a un extraño?
¿Y las ovejas que se amontonan contra la cerca y se suben unas por encima del lomo de las otras (literalmente) cuando ven llegar al pastor con la carretilla de pienso y balan con una desesperación tal que si las escuchara un ecologista las adoptaría ipso facto?

¿Qué puede dar más miedo?
¿Que te atraquen en un pasillo solitario del metro?
¿Lanzarte al tráfico de la M-30 sin estar seguro de la salida que debes tomar?
¿El estruendo de las sirenas de los bomberos y de los helicópteros y de las lecheras (lecheras, qué curioso apodo para designarlas, un apodo muy agrícola) de la policía de madrugada?

Pues eso. Ay, Martín, aún te queda mucho por aprender.
Y por temer.
Eso de los animales no fue nada, rapaz. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

MI HERMANO Y YO EN EL BOSQUE


(Homenaje a las 12.000 Ha. de pinares se quemaron en el incendio de Castrocontrigo, León, de 2012)

Tomamos el camino rojo.
-La opción de los valientes- dice mi hermano,
y yo contemplo la negrura de pinos, su espesura, su silencio.
-Si nos desviamos- susurro- la resina se nos pegará a la suela de los zapatos 
y nos impedirá avanzar y nos quedaremos atrapados en el pinar. 
Se encoge de hombros, y el sol sobre su espalda, desciende muy muy lentamente.
El aire de otoño, puedo tocarlo, tiene forma de tomillo.
Un mirlo canta en la arboleda.
Nuestros pasos hacen crujir la tierra.
Ascendemos, la senda se empina.
-¿Qué es eso?- pregunto.
Cien cajas verdes, azules y rosas.
Cien cajas olvidadas en un claro.
La luz levanta un polvillo fino, se escucha un temblor.
Un colmenar.
Las veo entrar y salir, atareadas, organizadas.
Treinta escapadas diarias, infinitas flores polinizadas
El zumbido de una fábrica, las obreras y la reina.
Bestias con conciencia de clase: las abejas.
Nos acercamos con respeto. Nos asomamos.
Una abeja gira furiosa (o eso creo) alrededor de mi cabeza.
Me grita algo que no entiendo.
Me asusto, retrocedo. Regreso corriendo a la senda.
-Mira, mira, la montaña.
Entre la mancha de pinos, crece la roca,
todo es alto y emboscado, salvo la roca,
troncos rectos y aislados, salvo la roca.
Blanca se eleva sobre nosotros, la roca,
y el sol se agarra a sus estrías. La aprieta.
-¡Adelante!- exclama mi hermano.
Abandona el sendero.
-Espera- suplico- que yo soy más lenta.
Cruzo al trote un vallecito mullido, aquí la brisa es profunda y húmeda.
De pronto, ¡algo me agarra el tobillo!, siento su abrazo duro, su piel rasposa,
-¡Hermano, hermano!- grito aterrada.
Intento huir, me retuerzo, pero solo el mirlo responde a mi llamada.
No podré escapar, lo sé, la oscuridad se acerca.
Hago un último esfuerzo y por fin se suelta: es una rama negra y quemada
de algún incendio pasado.
-Oh, qué tonta- pienso- cómo he perdido el tiempo.
Corro detrás de mi hermano, silueta desdibujada ya en lo alto de la ladera.
Subo y corro y
y corro y subo
y de pronto se acaban los pinos. ¡Fuera sombras!
Sí, es cierto, aún se extiende por la quebrada el día dorado.
Hundo los pies en la maleza, ya no hay árboles.
El brezo me golpea las rodillas, me araña,
no le gusta que interrumpa
su silencio de siglos. 
-¡Sigue el curso del regato!- ordena mi hermano.
Arriba, siempre arriba.
-Eo, eo- gritan desde lo alto.
Tropiezo, cuanto más empinado, más profundo se hace el regato.
-Eo, eo.
-Voy, voy.
Poco a poco llego arriba.
Un pie en el saliente, el otro en el agujero.
Una mano en el repecho, con la otra tanteo.
Ya llego, ya llego.
Sin aliento, por fin, alcanzo la cima.
-Date la vuelta y contémplalo- dice mi hermano.
Me giro y allí  está:
el valle con la marea de pinos y esas lomas encendidas a la izquierda.
No se ve a nadie. Ruedan las piedras.
Allí está: el mundo vacío. He llegado hasta aquí solo para eso.
Solo para eso.

domingo, 8 de diciembre de 2013

DEPORTE RURAL (LEONÉS)


NATACIÓN
-Pero, ¿cuántos largos hiciste?
-Veinte larguines de nada.
-¿Y cómo marchas tan pronto?
-Se empeñaron los mis hijos en que había que hacer hoy la matanza.
La mujer, cincuenta y tantos años, cabello corto y canoso, se frota la cabeza con una toalla vieja. Elige unas deportivas embarradas de la fila de deportiva embarradas en la parte baja de los bancos. Y cuando se va, con el pelo húmedo, deja un rastro de paja y cagarrutas.

LUCHA LIBRE
-Hace poco andaba yo por el paseo marítimo de Benidorm con mi mujer, ya sabes, en invierno pasamos ahí temporadas, porque las heladas de aquí se llevan mal. A lo que iba, a un mozo que  había delante se le escapó el perro y le saltó encima a Paca. Yo hice el paso y medio reglamentario para el golpe de garganta que aprendí en la Legión y lo tiré al suelo. El tiparraco era incapaz de levantarse.
El hombre se coloca el sombrero de fieltro verde, a juego con su loden. Le da golpecitos en la solapa a su interlocutor. Tiene 85 años y huele a loción cara de afeitar.
-Si hubiera tenido hijos, los hubiera enviado a todos una temporada a la Legión.

ATLETISMO
-Hubo poca gente ayer en la maratón. ¿Dónde estaban esas señoras que salen a andar todos los días?
-Bueno, mujer, es puente, la que no tiene aquí a los hijos de Madrid, que ya sabes que vienen lambriones, está con la matanza. ¿No hueles?
-La lumbre.
-Humo de urce. Con estas heladas, es la época.
-Nosotros este año, dos cerdas.
La escarcha de la mañana aún no se ha derretido sobre la pista de atletismo y las dos mujeres, de unos sesenta años, hacen estiramientos sobre los bancos. Llevan mayas ajustadas, camisetas térmicas, bragas al cuello, gorros con orejeras. Al fondo se eleva la columna de humo de la fábrica azucarera, trayendo su hedor romo, como a raíces oxidadas.
-Si pasas mañana a la tarde, te doy una cazuela sangre.

FÚTBOL
-Pero a quién se lo ocurre hacerla hoy.
-Tú calla y aprieta.
-Joder, que hoy juega el Real Madrid.
-Anda, ¿no lo estás escuchando por radio?
-La radio, la radio, eso es de la posguerra, hay que verlo en pantalla de plasma. Que no te enteras. ¡Para un puto partido que quiero ver!
-Hala, ya rompió la tripa. Claro como estás a por uvas. ¡Atiende hostia! Que bien te comes luego los chorizos.
Hay una habitación que huele a humo, a pimentón, a carne. Las paredes están renegridas, una densa telaraña cubre las vigas. Hay un hombre mayor enfundado en mono verde de trabajo, un hombre joven en chándal, una mujer en bata color turquesa. Los tres están salpicados de rojo, tienen rojas las manos, el vientre, el pecho. Hay un viejo aparato de radio colgado de un clavo herrumbroso, el cable está cubierto de una gruesa capa de polvo.
-¡Goooooooooooool de Xabi Alonsoooooo!
El joven suelta la tripa y se pone a dar saltos. La mujer se limpia el dorso de la mano en un mandil y se lo pasa por la frente y las sienes. Tiene pedacitos de carne entre las uñas.
-Venga rapaz, que mañana el hombre del tiempo dio nieblas y así no curan bien los chorizos.


martes, 3 de diciembre de 2013

ARSÉNICO O EL VIRUS DEL PERIODISMO



Hace unas semanas le dieron a mi amiga Leila Guerriero el premio de periodismo González Ruano. Leyó un discurso en el salón de actos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su discurso fue hermoso y lo leyó con brío, desde un ceñido vestido negro, mirando sin temor al auditorio de señoras recién salidas de la peluquería y de caballeros con trajes hechos a medida.

Mi amiga Leila es la mejor cronista que existe ahora mismo en español. 
Además, trabaja en La Nación, edita El Gatopardo para el Cono Sur, publica en el Malpensante, en El País, en Vanity Fair, en revistas y periódicos de toda Latinoamérica.

Mi amiga Leila es flaca, tiene una increíble mata de pelo rizado siempre en expansión, y la mirada rápida y el verbo dulce. Dulce y duro a la vez. Como una fruta exótica que se deshace al ser mordida y encierra dentro una semilla amarga.

Mi amiga Leila es de Junín, Argentina.

Mi amiga Leila es hija única y, desde niña, allá en la provincia, supo que quería dedicarse a eso: a escribir. Lo que no sabía era el cómo.

Pero sigamos con el discurso de mi amiga Leila. Alguien, una actriz, creo, leyó el reportaje por el que la habían premiado, y luego ella leyó su discurso. Y lo que pasó es que ambos, el reportaje y el discurso, venían a decir lo mismo: ¿por qué escribo?
O quizá mejor: ¿por qué escribo crónica periodística?

Mi amiga Leila tenía a su vez una amiga durante la infancia a quien seguía a todas partes. Leila no entendía la razón de su obsesión por esa chica varios años mayor que ella. No venían de entornos parecidos, ni tenían los mismos gustos ni las mismas ambiciones. Su amiga lo único que quería era tener una familia. Lo que quería Leila era agarrarse a un sueño oscuro: el sueño de escribir. Y ambas se lanzaron a lo suyo con los ojos cerrados. Una acabó sus estudios, se casó enseguida, tuvo varios hijos, renunció a su carrera y se fue a vivir a un pueblo perdido en la Pampa o en las montañas. La otra estudió algo que no le gustaba, deambuló por Buenos Aires y por sus noches, salió, tropezó, se desesperó, hasta que finalmente encontró trabajo en un periódico. Ahora sigue deambulando y su vida consiste –dice ella- en hacer preguntas a un desconocido en un lugar desconocido con resultado desconocido.

Mi amiga Leila acabó su discurso, se bajó de la tribuna, saludó a los invitados con una graciosa reverencia, y pensó: mañana estaré en un avión, trece horas a Buenos Aires, y en dos días me voy a Chile y luego tengo ese curso en Colombia, y el reportaje que tenía pendiente en Uruguay.

Ah, el virus del periodismo.


Y si no fue eso exactamente lo que pensó, fue algo muy similar. Y sonrió y sintió lástima por su amiga de Junín, que había cumplido todos sus sueños antes de tiempo y, como no le quedaban más, una noche de tormenta se tomó un sobre de arsénico en la trastienda de la farmacia de su esposo.