domingo, 6 de septiembre de 2015

ALGO SIN PULIR


Hay algo muy bruto en el hecho de un grupo de hombres y mujeres trabajando juntos con las manos en la tierra.
Y más si lo hacen por altruismo y todo su su jornal será una empanada y unos tragos de la bota de vino.
Y más si lo que hacen juntos es vendimiar.
Corta el racimo con la tenacilla, échalo en la jaula con cuidado de no dañarlo, avanza por tu línea. ¡No te tuerzas! Eh, aquí hay una jaula llena. Aquí hay una llena. Llena. Cachicán, aquí hay una jaula llena.
¡Cachicán!
Se oye por todo el valle de Villafranca del Bierzo.

Hay algo muy bruto, sin pulir ni labrar.
-Las lagaretas. Las mozas tenían campo libre en la vendimia. Perseguían a los mozos, y les bajaban los pantalones y les frotaban con uvas los cojones.
-Las lagaretas. Me lo contaba mi padre.



Hay algo muy bruto. Tosco. Que viene de los abuelos de nuestros abuelos y de ahí aún más atrás.
-Mi abuela arrancó la viña a principios de los 80. Era LA VIÑA. Hablaba de ella con... no sé, amor. La única vez en su vida que vistió pantalones fue para ir a vendimiar. Se puso unos de mi abuelo. Y cuando llegó a la viña tuvo que volver a casa porque no aguantaba el calor ni el roce de la tela en las piernas.
Mi padre hablando de su padre.
-Padre se ponía a lavar las cubas dos meses antes. Las sacaba al patio y echaba horas lavando bien. Lo importante es que esté bien limpias. Si no, hay ese gustillo como mohoso. Un día se desvaneció dentro por los gases etílicos, casi lo perdemos. Alguno del pueblo murió así –pausa-. O yo creo que quiso matarse así.

Hay algo muy bruto sí. No sé cómo expresarlo. Me he levantado a las seis de la mañana y he recorrido más de cien kilómetros para estar aquí. Recojo a mi amiga R de Ponferrada, aparcamos frente al castillo de Villafranca. Hay 9 grados y bandadas de peregrinos cruzando la plaza. La viña está cerca, son dos hectáreas que le compraron a varios paisanos. Mencía y godello en una ladera asoleada. Hoy toca solo mencía, esa uva negra y apretada.
Hay algo muy bruto...
...lejos de carreteras, de calles, de paredes, de ordenadores, de zapatos de tacón, de guardar composturas, sentarse con las piernas cruzadas y la cabeza ladeada, de la cháchara incesante…
Hay algo muy bruto y muy puro.
Trabajo con siete tipos que no conozco. En silencio. Cada uno concentrado en su línea. De vez en cuando hay una conversación fragmentada, un grito, ¡cachicán!, una broma. Nos vamos acercando a la caseta donde se guardan las jaulas (y la cerveza). El sol se levanta y empezamos a sudar. A mediodía hace demasiado calor, las uvas están ya a 21 grados, dice Nacho León, el dueño. El líder, el cachicán. Tiene cara de no haber dormido al menos desde que empezó la vendimia. Tiene cara de loco. De loco bruto. Pone fin al trabajo y nos conduce a la bodega en Cacabelos. Allí organiza el trabajo y se forma una cadena frenética, descarguen caja, echen su contenido en la despalilladora, que corra el mosto, que ascienda hasta el depósito. ¡Ese olor!
En bruto.
Ese olor.
Y luego el almuerzo allí en medio: empanada de acelgas, chorizo criollo a la brasa, queso curado de oveja, tomates de huerta. Y el vino. Probamos un godello natural sin aditivos, un Villa Tondonia muy viejo, y este y el otro, y claro, el vino de la bodega, Demencia Wine (Demencia, sí, ese nombre).

Hay algo muy bruto, de perder la cabeza, después de un día con las manos en la tierra.

Me entran ganas de ponerme bruta, bruta.


domingo, 23 de agosto de 2015

CUANDO UNO O MÁS SE REÚNEN EN TORNO AL VINO


Cuando una o más personas se reúnen en torno a una botella de vino sucede esto: que llegan bolsas llenas de tomates y calabacines, que los amigos se hacen amantes, que los bodegueros se desnudan...

Se le ocurrió a ella:
-¿Por qué no quedamos en un bar que conozco donde ponen unos vinos buenísimos?
Él se rio. Era verano. Su familia estaba en la playa, pero él trabajaba esa semana y sin embargo se sentía libre. Dijo que sí y quedaron en un bar de La Latina.
Ella preguntó:
-¿Puedo elegir?
Se encontraba a gusto ahí, en ese lugar húmedo y somnoliento que está dentro de una botella. Había algo, un instinto, que la hacía acertar con los vinos. No así con los hombres, desde luego que no, pero mejor olvidarse de eso. Se arregló el cabello, miró a su amigo y pensó: tan deseable, tan fragante, ¡un Ribera!
Él se bebió la copa muy suavemente.
Después un vino de Toro.
Él la miró asombrado, los ojos color musgo le brillaban.
Después ella pidió una Mencía del Bierzo, dura, fuerte, directa al corazón.
Cuando salieron del bar, él la besó.
-Hacía tanto tiempo que quería hacer esto –susurró.
Ella le mordisqueó el lóbulo de la oreja:
-Vamos a mi casa, tengo un magnum de Teso la Monja que te va a encantar.

El sr. X va a la huerta que su amigo cultiva en la ribera del río Órbigo. Tiene intención de pedirle unos tomates y unos pepinos porque su hija se ha empeñado en hacer un gazpacho natural. 
“Natural”, ha recalcado. Y también: “No traigas de más, que luego se nos pudren”.
A veces al sr. X su hija le parece un poco pesada, un poco repipi, con esa obsesión que tiene por la comida sana. Cuando viene de Madrid llena la maleta como si no hubiera un mañana: alubias, pimientos, miel, ristras de ajos...
El sr. X decide llevarle a su amigo una botella de tinto prieto picudo de una bodega de Valdevimbre a cambio de la mercancía. “Trueque”, se dice.
Cuando llega a la huerta es media tarde. La tierra está rodeada de una muralla de chopos y más allá se huele el río. Su amigo está sentado a la sombra de un manzano fumando con la vista clavada en el infinito. Unos surcos más lejos, entre los pimientos, se encuentra el hermano de su amigo, sentado en una jaula. Se saludan a gritos. El sr. X saca la botella de prieto picudo.
-¿¡Adónde crees que vas con eso!? –exclama su amigo-. Tengo yo aquí una cosecha entera de prieto picudo de la nuestra viñas. Más natural que eso que llevas ahí.
El sr. X parpadea al escuchar la palabra natural. 
-Este no está mal. Es de la cooperativa de Valdevimbre.
Su amigo refunfuña y entra en la nave donde guarda el tractor. Al fondo, está la bodega. Las botellas se apilan hasta el techo cubiertas de telas de araña. Coge una, la limpia contra la pernera del pantalón y la descorcha con la navaja. 
-Yo no bebo, eh, pero esto es para que la pruebes.
El sr. X abre su botella también.
-Vamos a catar los dos.
-Este mío es de la viña del camino de Jiménez. 
-Mientras, voy apañando unos tomates.
Dos horas más tarde el sr. X ha apañado varios kilos de tomates, dos bolsas de pepinos, enormes calabacines y dos docenas de pimientos. Su amigo se ofrece a llevarlo a casa en su Citroen destartalado. Se meten todos dentro y salen haciendo eses y levantando nubes de polvo por el camino de concentración.

No se conocían. Pero ella probó su vino de el Bierzo y se dijo, hay alguien que me entiende. Así que hizo una buena reseña en su periódico y se la mandó. Y se olvidó del asunto.
Muchos meses después él le escribió. Le daba las gracias y quería consultarle no sé qué. Ella recordó el sabor oscuro y vibrante y misterioso de su vino, y quedó con él.
Se vieron en una vinoteca vacía y se miraron los dos con muchos parpadeos. Había un tercer tipo al que ella no prestó mucha atención. Ninguno de los dos se imaginaba cómo sería el otro. O quizá ella no se lo imaginaba así: ¡ese caldo, con esa fuerza! Él era demasiado encantador. ¿Demasiado tímido? O quizá lo que pasaba era que a ella le traicionaba su fantasía, se había imaginado alguien más sombrío. Hablaron, sonrieron, probaron un vino. Se atragantaron.
-Tengo un proyecto. Me han fotografiado.
El otro tipo dijo:
-Ha sido muy generoso.
¿Generoso?
Ella contestó:
-Te has desnudado.
Hubo carraspeos, sorbitos de las copas de vino.  
Y ella vio las fotos a contraluz del tipo casi desnudo entre sarmientos. Tenía un hermoso cuerpo flexible. Se concentró en su copa.
-Eh, muy bueno, el vino, quiero decir.

Sonrió temblando. El cuerpo del vino.

lunes, 10 de agosto de 2015

POSTALES FELLINIANO-LEONESAS (VERANO)



El verano en mi pueblo transcurre así:

TRUCULENCIAS ERÓTICAS
-La historia del perro.
Mi vecina se mueve entre dos surcos de fréjoles en la huerta. Zas, zas, zas, los pela y los echa a un caldero.
-¿Qué perro? –contesto mientras avanzo a duras penas por el surco de al lado.
-Me la contó un Guardia Civil que va a kárate conmigo. El otro día llamaron al cuartelillo: era una chica, que estaba enganchada a un perro.
Me detengo y estiro la espalda.
-¿Enganchada a un perro?
-Eso, a un mastín leonés. Se lo había tirado o al revés –mi vecina lanza una carcajada-. Ya sabes que los perros tienen un espolón ahí y la chica no se podía sacar la cosa del perro. Así que se arrastró, Dios sabe cómo, hasta alcanzar el móvil. Cuando llegaron los picoletos la metieron en el todoterreno y la llevaron al centro de salud. En el centro, ¡imagínate el panorama! No sabían que hacer así que la mandaron a urgencias al hospital de León. Cincuenta kilómetros y la tía pegada al mastín.
-Jesús –digo por decir algo.
-En el hospital ella se puso frenética, les pidió llorando que no mataran al perro, que lo quería mucho.
-Jesús –vuelvo a decir. Dejo mi caldero sobre la tierra, repleto de vainas moradas.
-Al final decidieron anestesiarlo y esa fue la única manera de que se soltara.
-¿Y quién era la chica?
Mi vecina se encoge de hombros.
-Anda que no le habrá podido pegar alguna enfermedad... Y 80 kilos de perro.
De pronto nos entra la risa tonta.
-¡Un mastín leonés! Pero cómo...
Sigo pelando fréjoles y pienso: pues la chica debía de sentirse bien sola.




ÁNGELES DEL INFIERNO
-Oye, ¿puedes indicar por dónde anda la oficina de la Caja Rural?
Los contemplo con sobresalto bajo la luz incierta de una farola: el tipo, fornido, está embutido en un pantalón de cuero con flecos y lleva un chaleco a juego sin nada debajo. Ella, igual de fornida y vestida de forma similar (intento averiguar, pero no lo consigo, si lleva algo debajo del chaleco) parece una amazona futurista. Ambos tatuados, curtidos. Dan miedo.
-Aparcamos ahí la moto y ahora no la encontramos. Con tanto jaleo y tanta hostia.
A nuestro alrededor rugen los motores, pasa un tío haciendo un caballito con la moto, pasa un grupo entero de motoristas en formación, todos llevan cazadoras color naranja con sus nombres y cargos bordados: jefe, vocal, tesorero (¿se los habrán bordado sus abuelitas?). Hago un vano intento de explicar a la pareja cómo llegar a la Caja Rural, pero me cuesta concentrarme en medio de esos aullidos de neumático.
-Acompañadme, que voy en la misma dirección.
Empujo la sillita de mi hijo con decisión y me hago hueco entre la marabunta. ¿10.000, 20.000 motoristas? Mañana es la carrera de motos (el Gran Premio de Velocidad Ciudad de La Bañeza, hablando con propiedad) y el pueblo está desbordado. Hay Harley Davidson, hay BMW, hay motos vintage, hay motos galácticas. Ocupan las aceras, están frente a la iglesia, a la puerta de la biblioteca. Si pusieran una bomba, el noroeste de la península se quedaría sin motos. Porque son todos leoneses, gallegos, asturianos, zamoranos y hasta portugueses. Eso sí, no veo ni un hipster ni creo que lo haya en cincuenta kilómetros a la redonda.
-Venimos desde Galicia, de Orense –cuenta el tipo.
-¿Y a qué os dedicáis?
-Yo tengo ganado, vacas, y ella, frutales.
Ah, muy estilo Ángeles del Infierno californianos, pienso.
-Aquí estamos todos los años, ya sabes, es la única carrera que queda puntuable para el campeonato que se hace en un circuito urbano. ¡Adrenalina a tope! Nos recarga las pilas para toda la temporada.
Agito la cabeza, claro, claro.

ANIMALADAS
-Cada animal es un mundo –dice mi tía segunda al tiempo que me muestra su gallinero-. Las gallinas, por ejemplo, parecen tan pacíficas, eh, pues las pollinas nuevas tuvimos que separarlas de las viejas.
Observo el corralito de las pollitas y el de las gallinas. Las paredes son de tapial, el suelo de tierra apisonada. Las pollitas beben y comen de cacharros de barro. Las gallinas ponen huevos en una caja llena de paja.
-¿Por qué?
-Fíjate, las jóvenes ponen un huevo al día, las viejas cada dos días. Las jóvenes tienen el plumaje más oscuro, canela, y los huevos de ese color. Las viejas más blanco-. Mi tía segunda suelta una risita- Como las personas.
-Pero, ¿por que están separadas?
-Una gallina vieja empezó a picotearle el culo a una joven hasta que le sacó las tripas.




ENCUENTROS GÓTICOS
Me los cruzo a todos. Al informático, a los dos ingenieros, a la madre, a los niños pequeños. Solo falta mi amiga, la arquitecta, que emigró al sur y a quien no veo desde hace más de una década. Compañeros de la infancia. Su abuelo, el mejor amigo y el mejor socio de mi abuelo. Negocios y amistad. Dos tipos que se hicieron ricos en los años 50. Uno más elegante, más sibilino; otro, más bruto, más obcecado. El primero murió mucho antes que el segundo. Pero quedó su casa: una increíble mansión con torretas góticas, escalinata de mármol, mirador, patio y una hiedra frondosa cubriendo los muros de piedra.
Y poco más quedó.
La casa fue desmoronándose mientras la familia se dispersaba.
Y de pronto, en las fiestas de la patrona, me los encuentro en la plaza mayor.
-Así que estáis restaurando la vieja casa –digo y siento una palpitación. Allí corrí, jugué, monté en bicicleta. En su patio, en sus corredores. Recuerdo el crujido de los suelos de tarima. El olor polvoriento. Los hermosos aparadores. El eco en el hueco de la inmensa escalera. Los cachivaches de unos primos artistas que se amontonaban en la cochera.
La madre pestañea, lleva un vestido de lino, perlas al cuello y la rebeca de punto echada con elegancia sobre los hombros, como siempre, como la recuerdo de la niñez.
-Tenemos que cambiar las cañerías, el tejado, la instalación eléctrica... todo. Además, como es un edificio protegido, no podemos tocar la estructura interior.
Hay algo que debo preguntar, el recuerdo más persistente de esa mansión. Un sonido, do re mi fa sol la si do, que me persigue. Un sonido extraño y a la vez conocido. No sé por qué siempre pensé que en el fondo del viejo piano se guardaban las monedas de oro que salvarían la mansión de la ruina.
 -¿Y el piano?
La madre se coloca la chaqueta que se le escurre de los hombros y baja la voz:
-Es casi el único mueble que ha sobrevivido. Intacto, increíblemente intacto.

Le sonrío con alivio y ella me devuelve la sonrisa.

miércoles, 15 de julio de 2015

¡ABRACADABRA!


Ayer sucedieron dos cosas sin relación aparente: mi hijo dijo “sí” por primera vez y visité el taller de cocina de Paco Roncero -bajo su restaurante de dos estrellas Michelin en la Terraza del Casino de Madrid.

Martín llevaba tres semanas repitiendo no no no. Deleitándose en el no. No sé si eso significaba que estaba atravesando una fase de negación o simplemente que le gustaba emplear esa palabra recién estrenada. La progresión de su léxico dice mucho de él, de sus intereses y, por qué no, de la cultura española. La primera palabra que aprendió fue “hola”, dicho en tono cantarín y entre exclamaciones. Luego vino “papá”; y con esfuerzo y a base de enseñanzas, “mamá”. Quiere eso decir: 1, que somos un pueblo tan sociable, que la palabra más empleada es “hola”; 2, ¿que aquí los padres son más importantes que las madres?

Pero sigamos con la progresión: luego vino “pis” y “caca”, porque está en esa fase sucia y llena de sobresaltos malolientes de quitar el pañal. Luego llegó el no; y luego, cuando empezó la ola de calor, “agua”, y acto seguido, como para compensar, “pan”.

Su edad se niega a decirla correctamente, cuando se la preguntan hace una mezcla entre “dos” y “tres”. ¿Podría detectarse ahí una ansiedad por crecer y cumplir años? Y luego está su nombre: no consigue pronunciarlo ni de lejos. Igual, pienso, es que no le gusta. Igual me confundí al elegirlo, quizá tenía que haberse llamado Aquilino, como mi abuelo; o algún nombre de la alta burguesía como Oriol, Adrián; o alguno que reivindicara nuestras raíces leonesas como Ordoño
Pero no, le tuve que poner algo simple y que sonara un poco como mi propio nombre. Ay, por eso ahora me está castigando.



Me venían en ráfagas esos pensamientos mientras observaba a Paco Roncero con sus tejemanejes gastronómicos. Una especie de profesor chiflado, con esa cresta de canas que le nace sobre la frente, maniobrando casi oscuras en un espacio inmaculado semejante a un laboratorio. 
Nitrógeno líquido”, pedía a sus ayudantes, “lima, un bol, pisco”, casi como si estuviera en la mesa de operaciones. Luego el nitrógeno humeaba y crepitaba y extendía su humo blanco entre nosotros.
¡Abracadabra! y de ahí salía un pisco sour solidificado.
¡Abracadabra! y teníamos polvo de aceite de oliva.
“Metedlo ahora en la boca y masticadlo muy rápido, porque si no, os podéis quemar la lengua”, ordenaba con ese estilo suyo expeditivo y franco. Y yo, llena de pavor obedecía a ciegas. Como una niña. Y pensaba en Martín, en sus síes sonoros y sus noes nasales. En cómo paladea las palabras, en cómo te mira a los labios cuando hablas para poder aprender a pronunciar. Las palabras son un plato exótico en su boca. Quiere disfrutarlo, pero debe aprender a hacerlo, debe concentrase al cien por cien. Poner ahí todos sus sentidos. Como sucede con los platos de Paco Roncero.

Qué ingeniosa comparación, ¿eh?

Ahora ve, y explícaselo a Martín, me digo.