lunes, 10 de agosto de 2015

POSTALES FELLINIANO-LEONESAS (VERANO)



El verano en mi pueblo transcurre así:

TRUCULENCIAS ERÓTICAS
-La historia del perro.
Mi vecina se mueve entre dos surcos de fréjoles en la huerta. Zas, zas, zas, los pela y los echa a un caldero.
-¿Qué perro? –contesto mientras avanzo a duras penas por el surco de al lado.
-Me la contó un Guardia Civil que va a kárate conmigo. El otro día llamaron al cuartelillo: era una chica, que estaba enganchada a un perro.
Me detengo y estiro la espalda.
-¿Enganchada a un perro?
-Eso, a un mastín leonés. Se lo había tirado o al revés –mi vecina lanza una carcajada-. Ya sabes que los perros tienen un espolón ahí y la chica no se podía sacar la cosa del perro. Así que se arrastró, Dios sabe cómo, hasta alcanzar el móvil. Cuando llegaron los picoletos la metieron en el todoterreno y la llevaron al centro de salud. En el centro, ¡imagínate el panorama! No sabían que hacer así que la mandaron a urgencias al hospital de León. Cincuenta kilómetros y la tía pegada al mastín.
-Jesús –digo por decir algo.
-En el hospital ella se puso frenética, les pidió llorando que no mataran al perro, que lo quería mucho.
-Jesús –vuelvo a decir. Dejo mi caldero sobre la tierra, repleto de vainas moradas.
-Al final decidieron anestesiarlo y esa fue la única manera de que se soltara.
-¿Y quién era la chica?
Mi vecina se encoge de hombros.
-Anda que no le habrá podido pegar alguna enfermedad... Y 80 kilos de perro.
De pronto nos entra la risa tonta.
-¡Un mastín leonés! Pero cómo...
Sigo pelando fréjoles y pienso: pues la chica debía de sentirse bien sola.




ÁNGELES DEL INFIERNO
-Oye, ¿puedes indicar por dónde anda la oficina de la Caja Rural?
Los contemplo con sobresalto bajo la luz incierta de una farola: el tipo, fornido, está embutido en un pantalón de cuero con flecos y lleva un chaleco a juego sin nada debajo. Ella, igual de fornida y vestida de forma similar (intento averiguar, pero no lo consigo, si lleva algo debajo del chaleco) parece una amazona futurista. Ambos tatuados, curtidos. Dan miedo.
-Aparcamos ahí la moto y ahora no la encontramos. Con tanto jaleo y tanta hostia.
A nuestro alrededor rugen los motores, pasa un tío haciendo un caballito con la moto, pasa un grupo entero de motoristas en formación, todos llevan cazadoras color naranja con sus nombres y cargos bordados: jefe, vocal, tesorero (¿se los habrán bordado sus abuelitas?). Hago un vano intento de explicar a la pareja cómo llegar a la Caja Rural, pero me cuesta concentrarme en medio de esos aullidos de neumático.
-Acompañadme, que voy en la misma dirección.
Empujo la sillita de mi hijo con decisión y me hago hueco entre la marabunta. ¿10.000, 20.000 motoristas? Mañana es la carrera de motos (el Gran Premio de Velocidad Ciudad de La Bañeza, hablando con propiedad) y el pueblo está desbordado. Hay Harley Davidson, hay BMW, hay motos vintage, hay motos galácticas. Ocupan las aceras, están frente a la iglesia, a la puerta de la biblioteca. Si pusieran una bomba, el noroeste de la península se quedaría sin motos. Porque son todos leoneses, gallegos, asturianos, zamoranos y hasta portugueses. Eso sí, no veo ni un hipster ni creo que lo haya en cincuenta kilómetros a la redonda.
-Venimos desde Galicia, de Orense –cuenta el tipo.
-¿Y a qué os dedicáis?
-Yo tengo ganado, vacas, y ella, frutales.
Ah, muy estilo Ángeles del Infierno californianos, pienso.
-Aquí estamos todos los años, ya sabes, es la única carrera que queda puntuable para el campeonato que se hace en un circuito urbano. ¡Adrenalina a tope! Nos recarga las pilas para toda la temporada.
Agito la cabeza, claro, claro.

ANIMALADAS
-Cada animal es un mundo –dice mi tía segunda al tiempo que me muestra su gallinero-. Las gallinas, por ejemplo, parecen tan pacíficas, eh, pues las pollinas nuevas tuvimos que separarlas de las viejas.
Observo el corralito de las pollitas y el de las gallinas. Las paredes son de tapial, el suelo de tierra apisonada. Las pollitas beben y comen de cacharros de barro. Las gallinas ponen huevos en una caja llena de paja.
-¿Por qué?
-Fíjate, las jóvenes ponen un huevo al día, las viejas cada dos días. Las jóvenes tienen el plumaje más oscuro, canela, y los huevos de ese color. Las viejas más blanco-. Mi tía segunda suelta una risita- Como las personas.
-Pero, ¿por que están separadas?
-Una gallina vieja empezó a picotearle el culo a una joven hasta que le sacó las tripas.




ENCUENTROS GÓTICOS
Me los cruzo a todos. Al informático, a los dos ingenieros, a la madre, a los niños pequeños. Solo falta mi amiga, la arquitecta, que emigró al sur y a quien no veo desde hace más de una década. Compañeros de la infancia. Su abuelo, el mejor amigo y el mejor socio de mi abuelo. Negocios y amistad. Dos tipos que se hicieron ricos en los años 50. Uno más elegante, más sibilino; otro, más bruto, más obcecado. El primero murió mucho antes que el segundo. Pero quedó su casa: una increíble mansión con torretas góticas, escalinata de mármol, mirador, patio y una hiedra frondosa cubriendo los muros de piedra.
Y poco más quedó.
La casa fue desmoronándose mientras la familia se dispersaba.
Y de pronto, en las fiestas de la patrona, me los encuentro en la plaza mayor.
-Así que estáis restaurando la vieja casa –digo y siento una palpitación. Allí corrí, jugué, monté en bicicleta. En su patio, en sus corredores. Recuerdo el crujido de los suelos de tarima. El olor polvoriento. Los hermosos aparadores. El eco en el hueco de la inmensa escalera. Los cachivaches de unos primos artistas que se amontonaban en la cochera.
La madre pestañea, lleva un vestido de lino, perlas al cuello y la rebeca de punto echada con elegancia sobre los hombros, como siempre, como la recuerdo de la niñez.
-Tenemos que cambiar las cañerías, el tejado, la instalación eléctrica... todo. Además, como es un edificio protegido, no podemos tocar la estructura interior.
Hay algo que debo preguntar, el recuerdo más persistente de esa mansión. Un sonido, do re mi fa sol la si do, que me persigue. Un sonido extraño y a la vez conocido. No sé por qué siempre pensé que en el fondo del viejo piano se guardaban las monedas de oro que salvarían la mansión de la ruina.
 -¿Y el piano?
La madre se coloca la chaqueta que se le escurre de los hombros y baja la voz:
-Es casi el único mueble que ha sobrevivido. Intacto, increíblemente intacto.

Le sonrío con alivio y ella me devuelve la sonrisa.

miércoles, 15 de julio de 2015

¡ABRACADABRA!


Ayer sucedieron dos cosas sin relación aparente: mi hijo dijo “sí” por primera vez y visité el taller de cocina de Paco Roncero -bajo su restaurante de dos estrellas Michelin en la Terraza del Casino de Madrid.

Martín llevaba tres semanas repitiendo no no no. Deleitándose en el no. No sé si eso significaba que estaba atravesando una fase de negación o simplemente que le gustaba emplear esa palabra recién estrenada. La progresión de su léxico dice mucho de él, de sus intereses y, por qué no, de la cultura española. La primera palabra que aprendió fue “hola”, dicho en tono cantarín y entre exclamaciones. Luego vino “papá”; y con esfuerzo y a base de enseñanzas, “mamá”. Quiere eso decir: 1, que somos un pueblo tan sociable, que la palabra más empleada es “hola”; 2, ¿que aquí los padres son más importantes que las madres?

Pero sigamos con la progresión: luego vino “pis” y “caca”, porque está en esa fase sucia y llena de sobresaltos malolientes de quitar el pañal. Luego llegó el no; y luego, cuando empezó la ola de calor, “agua”, y acto seguido, como para compensar, “pan”.

Su edad se niega a decirla correctamente, cuando se la preguntan hace una mezcla entre “dos” y “tres”. ¿Podría detectarse ahí una ansiedad por crecer y cumplir años? Y luego está su nombre: no consigue pronunciarlo ni de lejos. Igual, pienso, es que no le gusta. Igual me confundí al elegirlo, quizá tenía que haberse llamado Aquilino, como mi abuelo; o algún nombre de la alta burguesía como Oriol, Adrián; o alguno que reivindicara nuestras raíces leonesas como Ordoño
Pero no, le tuve que poner algo simple y que sonara un poco como mi propio nombre. Ay, por eso ahora me está castigando.



Me venían en ráfagas esos pensamientos mientras observaba a Paco Roncero con sus tejemanejes gastronómicos. Una especie de profesor chiflado, con esa cresta de canas que le nace sobre la frente, maniobrando casi oscuras en un espacio inmaculado semejante a un laboratorio. 
Nitrógeno líquido”, pedía a sus ayudantes, “lima, un bol, pisco”, casi como si estuviera en la mesa de operaciones. Luego el nitrógeno humeaba y crepitaba y extendía su humo blanco entre nosotros.
¡Abracadabra! y de ahí salía un pisco sour solidificado.
¡Abracadabra! y teníamos polvo de aceite de oliva.
“Metedlo ahora en la boca y masticadlo muy rápido, porque si no, os podéis quemar la lengua”, ordenaba con ese estilo suyo expeditivo y franco. Y yo, llena de pavor obedecía a ciegas. Como una niña. Y pensaba en Martín, en sus síes sonoros y sus noes nasales. En cómo paladea las palabras, en cómo te mira a los labios cuando hablas para poder aprender a pronunciar. Las palabras son un plato exótico en su boca. Quiere disfrutarlo, pero debe aprender a hacerlo, debe concentrase al cien por cien. Poner ahí todos sus sentidos. Como sucede con los platos de Paco Roncero.

Qué ingeniosa comparación, ¿eh?

Ahora ve, y explícaselo a Martín, me digo.

lunes, 6 de julio de 2015

CONFESIONES DE UNA MADRE REGULAR



Soy una madre regular. Entre perfecta y pésima, apruebo raspando.
¿Por qué?
Porque soy realista en eso del amor maternal. Que no es ni ciego ni irracional. Y porque he sacado algunas (superficiales) conclusiones.

Cuando un niño llega a tu vida, todo se rompe en pedazos (literalmente).
Las conversaciones con adultos se fragmentan –adónde vas, ven, quieres agua, quieres hacer pis, siéntate aquí- y se hacen abstractas, como un cuadro cubista. Si te sientas a escribir o a leer, has de tener el oído alerta por si escuchas un estruendo de cosas rotas. Si quieres ir al gimnasio, hay que buscar un rato a salto de mata aprovechando la pausa para comer –o sea, no comes- o, con suerte, los veinte minutos antes de que tu cuidadora se largue. El cine, olvídalo. Entre lo que tardas en llegar, ver la peli y volver, la baby sitter ya se ha hecho millonaria. A las cenas fuera, siempre les faltará el postre porque, ay, se me va la canguro. Y si quieres irte de rebajas, por favor, deja al niño en casa, si no, comprarás aquel vestido con frunces que te sienta fatal, aunque siempre los has sabido, y unos botines que te aprietan en el dedo gordo.

Cuando un niño llega a tu vida, todo se descoloca.
No es solo que pises a Epi al cruzar la cocina con la legaña puesta o que tropieces con patitos de plástico en la ducha. Es que no encuentras tu ropa, ni la suya; no encuentras tus calcetines, ni los suyos; se come los plátanos y los yogures que te gustan, y si dejas el bolso a su alcance, olvídate de las gafas de sol, de las llaves, hasta de la cartera.

Cuando un niño llega a tu vida, te das cuenta de que lo asocial que eres realmente.
Vas al parque con tu hijo en sandalias y vaqueros y te rodea esa fauna de padres desbocados: cuidado con mi niño, eh, cariño, no le muerdas, que no te ha hecho nada, oiga, mi hijo va primero para subirse al tobogán, que lleva un rato esperando, etc etc. Y todas esas niñas con lazos en la cabeza y zapatos de charol; y niños con petos y leotardos. Sientes un extraño alivio por dejarlos atrás, como si te hubieras librado de algo pegajoso y extraño. Pero también te sientes culpable, ¿por qué yo no encajo aquí? ¿entonces, mi currín tampoco encajará aquí? ¿Será un asocial todo la vida, como yo?

Cuando un niño llega a tu vida, los hombres desaparecen.
Claro, invitas a alguien a casa y hay juguetes por todo el salón, y en una esquina la bacinilla, porque está aprendiendo, ya sabes, a hacer pis y caca, y tu cama está siempre deshecha, le encanta saltar por encima, dices, y bueno, no te preocupes, ahora lo ordeno todo, y de pronto se escucha un balido lastimero –como un cordero, eso es- ay, perdona, voy a ver qué le pasa, vuelvo enseguida.

Por eso y más soy una madre regular.
A veces desearía tener la casa perfectamente ordenada, conversaciones profundas, amoríos locos y un look de mujer fatal.

Pero para eso no podría existir mi currín, y como soy regular hasta en eso, me conformo con esconder los juguetes detrás del sofá, estirar la colcha sobre la cama y pintarme los labios un poco a la remanguillé. Y así tengo al currín como madre regular, y me comporto como mujer regular que soy. Y tan feliz.

lunes, 29 de junio de 2015

OXI (NO)





“Desde el inicio de la crisis, en los últimos cinco años, 10.000 personas han cometido suicidio en Grecia. Es la población de una ciudad entera, de una ciudad que ha sido borrada del mapa. Uno de ellos era mi hijo”.
Theodoros Giannaros es el director del hospital público ateniense Elpis desde 2010. Theodoros, con un polo blanco, sentado en la mesa de su despacho atestado de papeles, mira a la cámara y habla con serenidad. Su hijo se tiró a las vías del metro en la estación de la Acrópolis cuando lo despidieron de su trabajo.

No puedo ser objetiva con Grecia. No puedo ser objetiva con un país de la Unión Europea al que se trata, dentro de esa misma UE, como si fuera un país-paria. Pero ¿qué ha hecho Grecia para merecer esto? Derrochar. Sí. Escaquearse del pago de impuestos. Sí. (Actos todos que me recuerdan a otras naciones mediterráneas). Remozar el país para las Olimpiadas endeudándose. Sí. ¿Con quién? Con Alemania. Ah.
Ah.
Klar. Genau.
Resulta que conozco la mentalidad alemana y que conozco la mentalidad griega. Que he vivido / convivido con ambas mentalidades.
Y que son irre... conocibles.
Irre en alemán significa loco. Puede ser: para los alemanes los griegos son un pueblo encantador con unas islas deliciosas, que te abren sus casas, sus tabernas, te regalan productos de la huerta, mantienen las tradiciones, tienen unos popes de lo más exóticos con luengas barbas e iconos rodeados de velas, mares impolutos y más de mil islas adonde irse de vacaciones es como entrar en un retablo intacto desde la edad media. Gott, ist es nicht schön?
Sí, es hermoso.
-Pero yo no me fiaría de ellos, monetariamente hablando, ya me entiendes –me confía un financiero alemán que pasa los veranos en la isla de Tilos, en el Dodecaneso.
Estamos en una taberna al borde del mar, donde los pescadores traen en furgoneta sus capturas del día. Los tomates vienen de las huertas del pueblo. El dueño habla tres idiomas, porque ha vivido en Alemania y en Reino Unido. Da conversación, invita a un Ouzo y la cuenta está por debajo de los estándares de cualquier país del norte de Europa. Los turistas se van satisfechos y cuando regresan a Düsseldorf, votan a Angela Merkel y protestan porque creen (falsamente) que los alemanes pagan todas las deudas en la UE, sobre todo las de Grecia.
Irreconocibles.


Entonces lo entiendo, lo que está sucediendo. Entiendo que cuando la UE pone al país al borde cometer un suicidio masivo (subir el IVA al 28%, lo que acabaría con su ahora principal fuente de ingresos, el turismo; bajar aún más las pensiones; recortar, recortar y recortar), el presidente Alexis Tsipras se plante y diga: que lo decida el pueblo en un referéndum (que es un reto para la UE).
Lo entiendo. No tiene nada que ver con ser de izquierdas o de derechas. Pura supervivencia.
Y es un entendimiento irracional. Pero lo entiendo. Una huida hacia adelante: Europa, no nos querías, pues nos largamos.
¿Estaremos peor que hasta ahora si nos vamos de Europa?, cavilan los griegos (al menos los que yo conozco).
Nadie lo sabe. Ulises se lanza al mar embravecido.
Lo entiendo.
Lo entiendo.
Entiendo cuando Theodoros Giannaros después de hablar de su hijo muerto concluye: “Solo puedo decir que me avergüenzo de ser europeo”.

http://greece.greekreporter.com/2015/06/12/head-of-greek-hospital-gives-emotional-interview-on-suicides/