viernes, 13 de septiembre de 2013

DEL PALAZZO AL INFERNO



Cada día cuando regreso a casa después de trabajar en la (tan cool) redacción de Vanity Fair (a las puertas de mi edificio hay una placa que dice literalmente "Palazzo Reale") atravieso el infierno.

El autobús número 27 de la EMT me deja en la Glorieta de Embajadores. Bajamos entre trompicones, y enseguida estoy en el mundo de los zombies. Hay una pescadería muy económica y los efluvios del pescado podrido inundan la glorieta. Luego está el bar de la esquina con sus capas de mierda en el suelo, de palillos, servilletas, huesos de aceitunas y hedor a fritanga, y la farmacia con su puerta blindada y sus escaparates con telarañas, y la pastelería decadente, y las varias paradas de autobuses, y los gitanos que venden tomates en jaulas de madera sobre la acera, y algún que otro coche de policía. Y en ese estrato, bien abonado, crecen los yonquis a puñados. Se multiplican. Se retroalimentan de lo que ven y huelen y palpan a su alrededor.

Los hay de todas clases. Altos o medio enanos, todos esqueléticos y desdentados y todos con esa edad indefinida y el rostro surcado de arrugas como navajazos. De vez en cuando tropiezo con alguna mujer, recuerdo una con un carrito de niño lleno de bolsas de basura. Otra con algún destello de su antigua belleza de adolescente rebelde. Un día, de pronto un Mercedes enorme aparca en un sitio reservado a los autobuses. El conductor es un señor que ronda los 70 años, en el asiento del copiloto hay una mujer de la misma edad, tensa y elegante, con la nariz envuelta en vendajes. La puerta trasera se abre y del vehículo metalizado desciende un chico de unos 30 años con muletas. Tiene un pie escayolado. Viste camisa de cuadros recién planchada y vaqueros de marca. Sale del coche sin despedirse y sin mirar atrás.
Sale del coche con la ansiedad pintada en el rostro. Con una mirada extraviada. Anhelante. En cuanto abre la puerta ya ha olvidado a los que ha dejado atrás.
Sale del coche y su rostro es una máscara que tiene mil años.
Sale del coche y sus padres o abuelos o lo que sean lo contemplan con resignación y terror. Ya no hay tristeza en las miradas, es algo distinto: probablemente no te volvamos a ver y eso es lo mejor.
¿Por qué?
¿Por qué piensan eso?
Porque de la Glorieta de Embajadores parten las cundas que van al infierno.
Cundas: vehículos destartalados que por una módica cantidad transportan a sus pasajeros a los poblados chabolistas donde se vende la droga.

Yo he estado en ellos varias veces. Como periodista, claro.  En el de Pies Negros, en el de la Celsa, en la Cañada Real. Fue hace mucho, fue en una pesadilla. Patriarcas gitanos, niños descalzos jugando al escondite en montones de mierda, ratas correteando entre los charcos. Y el gentío. El gentío caminando sin mirar a derecha o izquierda o escondiéndose detrás de una chabola, debajo de uno de los puentes que cruzan la M-30, entre la chatarra o dentro de un coche, haciendo cosas con la espalda vuelta, encogidos sobre sí mismos, cosas con jeringuillas y cucharas y mecheros.
El infierno, sí.

Y para mi desgracia, el autobús 27 me deja cada día en la meta de dónde parten todos esos zombies. 

miércoles, 21 de agosto de 2013

¿ERES BIPOLAR O TE GUSTA CONDUCIR?



El Mercedes del millón de kilómetros. Así lo llaman. A mi coche.
En realidad no es solo mío, es también de mis hermanos. Lo heredamos de tito Miguel (léase abuelo). A mí me gusta conducirlo. Es de color azul cielo, el salpicadero imita madera y todo en su interior es cuadrado, esquinado, muy, muy masculino. Y luego está el volante de cuero, la rígida palanca de cambios, los rígidos asientos. Igual que un tanque. Eso es, sabes que jamás te defraudará: el diseño alemán tradicional. Quizá porque he vivido muchos años en Alemania lo entiendo y lo valoro.

Mi abuelo Miguel nunca visitó Alemania. Una pena, le hubiera gustado: carreteras rectas y aprecio por las líneas gruesas. Aprecio por la maquinaria pesada. Por hacer las obras con rotundidad, revolcándose en el barro. Todavía recuerdo cómo adoquinaban las calles del casco antiguo de Berlín: a mano, handgemacht.

Pero me estoy desviando. Hablaba de cómo me gusta conducir el Mercedes 300 de mi abuelo. Aunque en general, me gusta conducir. A los 16 años mi padre me llevó al monte de encinas cerca de mi pueblo para darme las primeras lecciones. ¡Oh, ah, la mayor quería aprender a conducir! Más bien, debía aprender. Si vives en un pueblo tienes que conducir. O caes en el aburrimiento o en el ostracismo. Yo lo deseaba con todas mis fuerzas. Pero la experiencia con mi padre fue, como suele pasar, un desastre, me gritó, me llamó inútil, discutimos. Decidí apuntarme a una autoescuela. Y  en el verano que cumplía los 18 saqué el carnet. Mi primer coche, que llegó ese mismo mes, fue un Citroen AX Negro. Mío  y de mis hermanos, claro.

El AX nos duró casi 14 años. Sufrió golpes, abolladuras varias y, finalmente, una noche de mayo se quemó hasta el chasis. Gracias a Dios me dio tiempo a escapar. O sea, me salí de la M-30, recorrí a trompicones un descampado, di varias vueltas de campana, me estrellé contra una roca y, cuando completamente aturdida, comprobé que estaba entera, que no me faltaba ningún trozo de mi cuerpo, me quité el cinturón, salí a un descampado y... se me olvidó apagar el contacto. El coche estalló en llamas. Requiescat in pace.

Luego vino un Citroen Saxo, por fin, solo mío. Una carraca que yo ponía a 150 y parecía que la carrocería iba salir volando en pedazos por el aire. ¡Ese estruendo! Menos mal que entre medias pude conducir el Mercedes de tito Miguel y el Mercedes E 320 de mi padre. Lo curioso es que con cada coche desarrollé una personalidad. Con el AX, agresiva. Con el Mercedes 300, cabeza dura, poderosa, nada se me ponía por delante. Con el Mercedes de mi padre, lazy, magnánima. Quizá sea por el asunto de las marchas automáticas, te hacen mirar a los demás vehículos por encima del hombro. Ahora tengo un pequeño Peugeot negro y me hace comportarme como alguien rápido, práctico y que va al grano.

Pero lo que más me gusta sigue siendo el Mercedes del millón de kilómetros. Duro, robusto. Tal y como me siento: Superheroína del Noroeste. Con ese coche podría ir a Alemania o a Siberia, y volver. Nada me detendría.

En realidad me da miedo ese automóvil. Me da miedo el espíritu que lo mueve, que acabe abduciéndome. Tito Miguel cometió algunas tropelías montado en ese Mercedes. Como el día que había unas vallas en la calzada y se formó un miniatasco en mi pueblo. Mi abuelo salió del coche, dejó el motor al ralentí, cogió las vallas amarillas, las levantó una por una por encima de su cabeza y las envió directas a la zanja que protegían. Eso es. Con ese coche nada se te pone por delante.
¡Cuidado conmigo, conductores! 

sábado, 10 de agosto de 2013

TATUAJE O UNAS GOTAS DE CONTRACULTURA



A los 25 años me hice un tatuaje. En aquella época yo vivía en Londres, trabajaba a salto de mata, salía con el batería de una banda de rock, y decidí que era el momento de poner en mi vida unas gotas de contracultura.

El batería, que a su vez estaba tatuado, me espetó después de uno de sus conciertos que yo no estaba hecha para los tatuajes. Me enfadé con él y lo mandé a la mierda. Pero a los dos días me llevó a un antro donde se tatuaban las estrellas del rock, o eso dijo, y me dejó allí sola. Después de investigar todos los álbumes de diseños que me mostraron elegí un dibujo celta. En aquel momento yo me sentía muy del noroeste y muy lejos del Mediterráneo. Leía literatura sobre los celtíberos de la península ibérica, y sobre los pobladores prerromanos de las islas británicas. Leía autores anglosajones, intentaba descifrar la epopeya de Beowulf, me entusiasmaba con Stonehedge. Digamos que atravesaba una etapa mística-salvaje (también llamada kitsch). El diseño que elegí era un pájaro doblado sobre sí mismo que significaba, para los celtas, paz y amistad. Y después de pasar más de una hora de sufrimiento, de escuchar el chirrido de la aguja, de raspones y pinchazos, mi novio-batería me recogió entusiasmado conmigo, con mi tatuaje y con una guitarra de segunda mano que se acababa de comprar.

El tatuaje no cayó muy bien en mi familia. Una cosa era que mi abuela tarareara con sentimiento los versos de Concha Piquer, “Mira tu  nombre tatuado/ en la caricia de mi piel...”, y otra que su nieta llevara un tatuaje. ¿Y cuándo fuera adulta qué? ¿Qué pensaría la gente de mí? (Para ella, con 25, yo aún no había alcanzado la categoría de adulta).

Han pasado los años y ya nadie se fija en mi tatuaje. De hecho, tatuarse se ha convertido en una nimiedad, como hacerse el agujero para el pendiente. Ya no solo se tatúan las estrellas de rock, lo hacen las adolescentes, las amas de casa, hasta los funcionarios. En mi gimnasio me encuentro tatuajes de todo tipo. Con caracteres chinos, con dibujos de estilo budista, con cenefas geométricas. Ayer en la piscina vi una chica que llevaba en la espalda dos alitas. Y otra, que tenía sobre los omóplatos dos símbolo verticales, como los dibujos tallados en los instrumentos de cuerda, que la hacían parecerse a un contrabajo (la amplitud de sus caderas contribuía a reforzar esa impresión). También he visto otros terroríficos, recuerdo un día que de camino al trabajo seguí los pasos de un tipo en bermudas que en cada pantorrilla tenía una calavera, y al andar las calaveras parecían mirarme y hacerme muecas.

Tatuarse ya no es un acto trasgresor. En realidad quedan pocos actos trasgresores. Todo está al alcance de todos. Tecleas unas palabras en internet, y voilà: salón de tatuajes, dónde comprar una pitón o cómo conseguir una cabaña en la última isla de la Polinesia.

Aún así, miro mi tatuaje y pienso: significa algo, significa que hubo un momento absurdamente loco en mi vida en el que creí que todo era posible.
(Y lo miro, y aún lo creo).

domingo, 28 de julio de 2013

DOS TRENES Y UNA LECCIÓN DE NO-PERIODISMO


El jueves 24 de julio a las 22.00 recibí una llamada de mi hermano:
-No te imaginas lo que ha pasado- me dijo con voz angustiada.
Me contó que un amigo iba en el tren a Santiago. Que no sobrevivió. Me contó que otro amigo lo esperaba allí, en el andén. Que el amigo del andén removió cielo y tierra para conseguir sus restos. Es lo mínimo y lo máximo que podía hacer.
Era un amigo que había hecho a través de Twitter. Habían empezado con una frase de 140 caracteres y habían acabado con conversaciones cara a cara de 140 minutos. Mi hermano hablaba muy rápido y con la voz tomada. Repasamos nuestros muertos. Los de ambos, madre, abuelos, tíos. Los suyos, amigo adolescente que se cuelga de una viga (en León siempre se cuelgan de una viga, ya de morir, que sea lo más cruento posible). Los míos, mi primer novio, el chico más varonil, el más seductor, muerto de ictus antes de cumplir cuarenta. No son muchos, pensé. Y algunos tenían sentido: vejez, enfermedad, depresión.
-Este, el del tren, no tiene ningún sentido- dijo él.

Colgó el teléfono y fui incapaz de pegar ojo esa noche. Me acordé de otra llamada, de otro tren. De un 11 de marzo de 2004 cuando a las 7.50 de la mañana sonó el teléfono en mi casa. Me sobresalté al escuchar la voz de mi padre:
-¡Ha habido una bomba en Atocha! Pon las noticias.
Me sentí avergonzada, soy periodista y no tenía puesta la radio. Reconozco que estaba escuchando música mientras me duchaba. Me vestí a toda prisa y salí a la calle. Recuerdo que tenía el pelo mojado. Recuerdo que enseguida empecé a escuchar las ambulancias, los helicópteros y una especie de fragor, de runrún terrorífico. Recuerdo que eché a correr hacia Atocha. Y recuerdo la gente que subía de Atocha, sus caras como de estar en otro sitio, apresurados, llenos de polvo, con una idea fija: huir del horror. La plaza era un caos, la policía daba órdenes, las ambulancias se arremolinaban, el humo, el olor. Intenté atravesarla por alguna razón inconcreta. ¿Pensaba ayudar, echar una mano? ¿pensaba escribir una crónica? Fue imposible. Me quedé dando vueltas, como otras cientos de personas, sin saber qué hacer. Sin saber qué había sucedido. Finalmente decidí ir andando a mi redacción, en Colón. Por el camino me crucé con Joaquín Estefanía que iba corriendo y encendido hacia la SER en Gran Vía. Nos saludamos con cara de susto.

Acabé haciendo un reportaje sobre el 11M. Acabé yendo a la morgue gigantesca en que se había convertido Ifema. Mi fotógrafo y yo, los dos sobrecogidos. Él no se atrevía a disparar, yo no me atrevía a preguntar. Qué iba a preguntar, oiga, esta usted aquí porque se le ha muerto alguien, ¿no? ¿Ya lo ha identificado? ¿Qué quedaba de él, una pierna, un brazo, una cartera?
Recuerdo que en ese momento el periodismo perdió todo significado para mí.
Aún así, era mi trabajo, tuve que buscar testimonios durante días, llamar a casas de familias destrozadas, hablar con hijos, madres, novios. Y todo el tiempo pensaba: ¿de verdad esto sirve para algo?
De todo eso me ha quedado un pavor hacia el ruido de los helicópteros y de las sirenas. 
De todo eso me ha quedado un pavor hacia las llamadas a horas intempestivas.
Hacia cierto tipo de periodismo.
De todo eso me quedan nombres sueltos, sensaciones oscuras.
De todo eso solo queda una cosa clara: el amigo de mi hermano se llamaba Van Palomaain. Y su muerte no tiene sentido. 

miércoles, 10 de julio de 2013

MUERTE A LAS MUÑECAS



Odio las muñecas.
De todo tipo. Las que parecen bebés monstruosos, y las que parecen lolitas provocadoras. El Nenuco y la Barbie. El Baby Mocosete y la Nancy. De niña me ponía de muy malhumor cuando mi prima, que tenía mi misma edad, me invitaba a subir a su casa a jugar a las muñecas. Y no tenía más remedio que ir, porque si no, mi abuela se enfadaba. Pero la verdad es que jugaba con tanta desgana, que al final mi prima se cansaba de mí y yo me pasaba a las construcciones de Lego de sus hermanos que ocupaban todo el pasillo de su piso, desde la cocina al salón, y eran mucho más interesantes.

¿Por qué no me gustaban las muñecas? Odiaba sus caritas de goma, sus expresiones aleladas, su olor a plástico. Pero sobre todo odiaba el jueguecito a su alrededor. El jueguecito de yo soy la mamá y ella es la currina. Y tiene pupa y llora, y tiene hambre, y le doy de comer.

Yo no lo veía la gracia. No le veía el sentido. ¡Jugar a ser mamás! Menudo aburrimiento, no podía imaginar nada más aburrido que ser mamá, que ser señora-de-incesante-parloteo a la salida del colegio o a la salida de misa o en la cola de la carnicería o en el baldosado de la plaza mayor. O señora que cocinaba, que planchaba, que fregaba. Yo quería montar en bicicleta, inventarme ciudades fabulosas con las construcciones de Lego, leer cuentos, libros, Tebeos. ¡Pero un bebé que se hacía pis si le apretabas la barriga! ¡Horror! Con esos muñecos no había más mundo que el doméstico, no había viajes intergalácticos ni excursiones a bosques misteriosos infestados de lobos ni a galerías cavadas por los  nomos que habitaban el subsuelo. Solo la realidad prosaica: dar de comer al bebé, vestir a la Nancy, acunar al bebé, hacerle moñitos a la Nancy. Tejer un gorrito, coser una mantita, pintarle la carita con barra de labios.

Por eso enseguida mis muñecas se apolillaron, en ellas anidaron las arañas y las mariposas. En ellas anidó todo lo que yo odiaba. Quizá estuvo bien, porque me sirvieron como exvotos para exorcizar esa parte de ser niña que yo me negaba a aceptar. La Nancy rubia me miraba desde la estantería de mi habitación, junto a la Nancy pelirroja y la Nancy negra afro de mi hermana. Me miraban con sus ojillos lustrosos y acusadores: no nos quieres, no quieres jugar con nosotros.
Y yo me acostaba todas la noches con esos ojos fijos en mí.
Olvidaos de mí, les decía mentalmente. Olvidaos de mí e id a vivir con mi prima. Donde habitan las muñecas.


sábado, 6 de julio de 2013

CONEJOS ENSANGRENTADOS


Hace unos años mi hermana pasó un tiempo con una familia inglesa al sur de Londres. Me enviaba mails tronchantes con sus aventuras. Este fue uno de los más divertidos. En él habla del (infinito) amor de los británicos por sus mascotas o de cómo una apacible tarde de primavera puede desembocar en una carnicería.

"Hola. Por aquí tuvimos dramón familiar, una pequeña desgracia. Te voy a contar, porque es materia para un corto...
Esta tarde Peter y yo, aparte de practicar con el coche, que yo me comía las rotondas por la derecha y entraba en las calles por el otro carril, nos fuimos de compras. Peter decidió comprarle a sus conejines una casina para el jardín, los saca dentro de una especie de jaula metálica gigante que está genial y pueden tocar el suelo verde y ver el cielo... compró para meter dentro de esa jaula metálica una de madera muy bonita y carísima, vamos pijerías para british pets... te lo cuento para que veas la ilusión que tenía el hombre. Instalamos las jaulas en el jardín, los conejines felices entrando y saliendo, Peter, bobín con sus pets que los besa y abraza, y por las noches le gusta tomarse un té a la luz de la luna abrazándoles y hablándoles. Peter se fue a recoger a su hijo pequeñín, a Oliver, y yo jugué un ratín con los pets en el jardín y luego me metí en casina. Y a los 10 minutos vuelve Peter y empieza a dar voces, advierto que no está oscureciendo, salgo y veo las jaulas abiertas y él gritando, yo no entendía lo que decía hasta que oí la palabra maldita:
FOX!!!!

Varios zorros habían entrado y se habían cargado a los conejines.

Echamos un vistazo medio a oscuras y encontramos un conejín muerto, pero no había sangre, yo creo que le dio un infarto, el otro estaba vivín, pero rarín y tocado, y mientras metimos a uno de ellos en casina, ¡vino otro zorro y se llevó el cuerpo del primero!, así como te lo cuento, de tv movie, y mientras, se hizo de noche y podías ver zorros tan campantes paseándose por el jardín, Peter histérico porque quería encontrar el cuerpo, "the body, the body" decía, después de un rato buscándolo, los dos niños medio desnudos en el jardín, un frío que pelaba, y casi a oscuras, yo decidí acostar a Oliver y desde arriba escuché que Peter me llamaba histérico porque había aparecido el "cuerpo".
The body.
Pobre conejín, menuda carnicería, los zorros se lo habían llevado para degollarlo, todo lleno de sangre, sin cabeza y medio comido (lo que no entiendo es por qué volvieron los zorros a dejar al puto conejín en su sitio, qué detalle), Peter fuera de sí, tuve yo que coger las riendas, ponerme los guantes de fregar, Peter a un metro con lágrimas en los ojos, chillándome, ¡pero cómo puedes pensar en ponerte los guantes en estos momentos!, y yo pensando, no voy a coger al conejo ensangrentado con las manos, y lo metí en una bolsa, lo llevé a la cocina y Peter le puso unas flores frescas encima, madre mía que odisea, los niños llorando, uno todo cagado, un frío que pelaba...
En fin, ya ves que hay vida también en una pequeña casa de un pequeño pueblo de un poblado país.
Te dejo, que estoy molida".

jueves, 27 de junio de 2013

DE NARICES Y DE CATAS



Me apunto a un exquisito curso de cata de vinos. Viernes tarde, jardín interior lleno de antigüedades y cestas de flores de aire muy provenzar en el barrio de Salamanca. Somos doce en torno a una mesa alargada, cada uno con su cuaderno, su lápiz, su librito con indicaciones, un vaso para el agua, otro para escupir el vino y cuatro copas numeradas.
Yo entiendo de vinos solo lo suficiente para distinguir un rioja de un ribera o un prieto picudo (leonés dotierradeleon.es) de un mencía (también leonés vinosdelbierzo.com). Pero estoy absolutamente convencida de que tengo un olfato increíble y un sentido del gusto de fábula. Error: a medida que avanzamos en la cata y probamos doce clases distintas de blancos, el orgullo por la eficacia de mi nariz va decayendo.
¿Qué olores detectáis en la copa?, pregunta el experto.
¡Frutal, herbáceo!, grito.
Me mira con impaciencia, no, más allá, tienes que ir detrás.
¿Ir detrás? ¿Detrás de qué?, me pregunto.
Y entonces alguien se atreve: a gominola blanca, a petróleo, a plástico.
El experto desvela que es un Riesling. Un vino alemán (como el experto, porque ya sabemos que todos los expertos son alemanes).
De ahí los aromas industriales, digo, aunque nadie le encuentra la gracia.

Cuando llega la siguiente tanda, el experto quiere que nos centremos en el aspecto táctil. Pienso que habrá que meter los dedos en la copa, como si no fuera suficientemente desagradable estar escupiendo el vino a cada trago (mi vecino de la derecha hace unos ruidos inenarrables). Pero no, se refiere a cómo sientes el vino en la boca: ¿es redondo, es lineal? ¿es un cohete? (es Superman, pienso con regocijo y me doy cuenta de que, en vez de escupir el vino, me lo estoy tragando, lo cual puede acarrear funestas consecuencias para mi sentido de la percepción).
Una señora oronda y enjoyada dice: lineal.
Bravo, ha acertado, es un Sauvignon Blanc, seco, ácido y aromático.

En la tercera tanda, mi nariz y mi lengua están ya atrofiadas, aunque el experto afirma con convencimiento que se van “educando”. Cuando me pregunta directamente por los olores terciarios (eh, pienso, que no hemos pasado por los primarios y secundarios), me lanzo: se detecta ahí en el fondo, por detrás, un aroma a detergente Fairy.
Se hace un silencio sepulcral. Se oyen carraspeos. El experto ni se inmuta.
Puede ser, dice dubitativo, es un Sierra de Gredos de tetrabrick a 0,80 cts el litro.

Luego viene una parrafada sobre que la calidad de los blancos españoles no se puede comparar con la de los franceses o alemanes, porque la uva blanca necesita climas fríos, etc, etc, pero a mí ya todo me da igual: he descubierto que tengo un olfato infalible para los vinos malos y me doy por satisfecha.